A Honorio Cadarso, hoy dos años sin el Atlante del periodismo de Durangaldea
I. LABRAZ
Coincidí con Honorio Cadarso cuando ambos colaborábamos para el diario EL CORREO. Años 90 del pasado siglo. Redactábamos en la delegación de Goienkalea. En Durango. Iba a escribir “trabajábamos” en EL CORREO, pero no: colaborábamos. Éramos falsos autónomos, vasallos mercantiles de la mancheta. Al menos, en mi caso. Él quizás lo sabía, porque currela de Renault, era sindicalista. Yo era un ignorante en todo; incluso en lo estudiado. A día de hoy también. En aquellos días aún estaba matriculado en la carrera universitaria. Él no era periodista licenciado, pero narraba con más consciencia y orden de lo que un listillo titulado siempre cree saber cuando en realidad no tiene ni jodida idea y solo tiene un certificado bajo el brazo. También relataba con más recursos, incluso, en contadas ocasiones, poéticos.

Honorio Cadarso.
Honorio iba a cada lugar del que obtener información con su cuartilla doblada las veces que hiciera falta. Ahí le cabía todo. Le dedicaba el tiempo justo. Con una letra caída bien marcada por un boli BIC, pero no rendida. Todo lo contrario. Echada hacia adelante, desde la calma intranquila de sus muecas, carrasperas, y si se sentaba: pierna sobre pierna. Así era él para mí. O así ha quedado en mi imaginario. Dicen que cada persona somos tantas personas como miradas hay. La mía lo recuerda así: con el morro torcido a veces, sin enfado, pero con el gesto de quien está esperando su turno para hablar, para preguntar, para tal vez no coincidir necesariamente contigo. Había en él una educación rara hoy: la de escuchar antes de responder. Aún sigo aprendiendo a saber esperar.
Honorio –firmaba siempre como C. Labraz- tenía pensamiento crítico nacido de mil bagajes. Y digo mil porque es siempre injusto hablar de uno solo, al menos, en su caso. Había en él conciencia de clase, memoria obrera, cultura popular y una mirada profundamente humana. Lo conocí como un rojo escribiendo en la antítesis de sí mismo, en un periódico poco dado a ciertas luchas. Y, sin embargo, allí estaba y era referente. Porque en la vida, hay periodistas de raza y funcionarios de marca blanca. Los segundos pasan por la vida sin dejar huella. En la delegación de Durango encontraba siempre la manera de sacar adelante un tema, “tenía pensado una previa”, “te hago, luego, una crónica”. Era el mejor comercial de todos nosotros. A diferencia de nuestras inseguridades, él sabía qué decir, y si hacía falta picaresca también. Acababa logrando su empeño. Y luego lo escribía con solvencia, con esa transparencia que era su as en la manga.
Cuando le regalé mi primer libro —disculpen que me haga un Loquillo— me correspondió que le había gustado, aunque tenía un pero: “Escribes de una forma comarcal, en idioma durangués”. En aquel momento torcí el morro yo. Nunca supe si era una crítica, un elogio o el reconocimiento de un lenguaje nuevo, nacido de un lugar concreto y de una forma concreta de mirar el mundo. Ahora, bien, vuelvan atrás y piensen que su frase comenzó con un “pero”. Sonrío y sigamos hablando de él, que es a quien hoy echamos en falta desde el corazón y la mente.
Se cumplen dos años de la muerte de Honorio Cadarso Cordón. Y al releer su autobiografía uno entiende que hay personas que no caben en una sola definición. Riojano de nacimiento, zornotzarra de vida. Hombre de campo y de periódicos. Exsacerdote. Obrero y escritor. Creyente y crítico. Poeta tardío y narrador de siempre.
JUBILACIÓN PARA PENSAR Y LEER DESPACIO
Nació en Corera, La Rioja, en 1933, entre viñas, trigo y aceite; en una casa donde se discutía de política, se leía a Galdós y sonaban guitarras y pianos. Aquella mezcla de cultura y tierra le acompañó siempre. Estudió becado en los años duros, trabajó en el movimiento obrero cristiano, conoció París –donde estuvo exiliado-, Logroño y finalmente Euskal Herria. En 1980 llegó a suelo vasco y terminó convirtiéndose en uno de esos puentes humanos entre dos tierras que parecen distintas hasta que alguien como él las escribe juntas.
Porque Honorio escribía –tenía libros publicados- como vivía: sin prisa, y como dice el típico tópico pero sin pausa. Con conciencia. Con memoria. Con un apego escondido detrás de aquella expresión torcida. Y quizá por eso, cuando la jubilación le dejó tiempo para pensar y leer despacio, acabó encontrando en la poesía su sitio de recreo, como decía el cantante que en ocasiones escuchábamos en El Correo. Decía en su autobiografía que la poesía le permitía buscar “la palabra más ajustada y la imagen más bella y expresiva”. Y seguramente eso fue también él mismo: una palabra ajustada, una imagen serena y expresiva de toda una generación que aprendió a luchar sin dejar de mirar alrededor con humanidad.
Dos años después de su marcha, seguimos quienes doblamos cuartillas y quienes cuando conducimos por la N-634 a su paso por la extensa Amorebieta-Etxano, vemos el lugar por dónde le observamos la última vez que le vimos, en la cuneta de la carretera. Y pensamos que, de algún modo, era un Atlante del mundo del periodismo de Durangaldea, en el polo opuesto a los cronistas de marca blanca que les pasa la vida sin dejar huella (opción igual de respetable).








