Los hombres no nos enteramos de nada

VICENTE CARRASCO ‘BIXEN’
Dicen que los hombres buscan a unas mujeres que ya no existen y las mujeres buscan a unos hombres que no existen todavía. Oigo más o menos las mismas historias entre quienes siguen emperrados en conocer gente en la vida real, y quienes se han echado a las apps, esa lotería, ese barrizal.

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Los hombres no nos enteramos de nada. Hablo de hombres heterosexuales, que es de lo que sé. Y además son los que mandan en el mundo, por eso hablo de ellos. Dicen que los hombres buscan a unas mujeres que ya no existen y las mujeres buscan a unos hombres que no existen todavía. Oigo más o menos las mismas historias entre quienes siguen emperrados en conocer gente en la vida real, ¡en analógico!, y quienes se han echado a las apps, esa lotería, ese barrizal, after cuando encienden las luces, outlet del amor, o llegar y besar el santo. Cada cual cuenta la feria según le va. Eso sí, las historias se repiten.
El universo de las apps de ligar en el que nos hemos metido como pichones es el sustrato perfecto para replicar y multiplicar los despropósitos emocionales en los que antes nos metíamos de cuando en cuando. La mayoría de esas apps pertenecen a la misma empresa, la mayoría de las decenas que hay. Su fin teórico, eso es lo que nos dicen algunas, es que encontremos a alguien, que las borremos cuanto antes, pero su objetivo es mantenernos ahí, en la rueda del hámster, cobrarnos (casi siempre a los hombres, porque ya digo que somos unos panolis) por suscripciones, mejor acceso, más visibilidad, más oportunidades. Todo mentira. Una rueda más cara para un hámster cada vez más tonto, más desesperado y, en el mejor de los casos, con la piel más gruesa. Con más fondo para poder correr más distancia en esa rueda.
Mientras tanto, van haciendo caja con los datos recabados, con los patrones, con las tendencias. Decía un antiguo mando de la Stasi que con muchísimo trabajo (valga la expresión) y con una fracción de lo que la gente pone en abierto en Facebook, hacían lo que hacían. Ojalá poderle mostrar a ese hombre la información que las empresas extraen de esas apps. Ojalá poder ver la cara que pone. Ojalá. De esas empresas apilando datos y generando información para venderla a otras empresas o a los estados tenemos que hablar otro día. Y de los ricachones directivos de Silicon Valley nombrados teniente-coronel del ejército de los EEUU con la excusa de ser asesores en asuntos tecnológicos también. De esto hay que hablar también. Hoy no, hoy estamos a lo que estamos: la epidemia de soledad masculina.
El uno: Lo que hago es mantener el contacto sin agobiar. Unas pocas líneas cada dos o tres veces por semana. Qué tal te ha ido el día. Dónde sueles ir de vacaciones. Qué películas te han gustado más. Yo apenas veo películas, pero creo que eso es una buena forma de crear conversación. Evito que las cosas se pongan demasiado personales. Que no se agobien. Me han cancelado un montón de citas uno o dos días antes del día que habíamos elegido para quedar. Me he dado un año en las apps para encontrar a alguien. Sin prisa.
El otro: Me canceló la cita el día antes. Me dijo que todo esto de las apps la sobrepasaba, que necesitaba trabajar en sí misma; que tenía tela que cortar con su terapeuta. Vamos, que tenía problemas. Yo ya hablé todo lo que tenía que hablar con terapeutas cuando era un veinteañero. Una “red flag” de manual.
Maroto: Tengo muchas citas. Muchas primeras citas, bastantes segundas, pero la cosa no cuaja. Hubo una con la que las cosas iban muy bien, pero tenía mucho kilometraje malo. Tiene un estrés post-traumático importante de una pareja anterior. Un tío violento. Un tío malo. Demasiado para mí.
El de la moto: Yo necesito mucho tiempo para ser capaz de tener contacto íntimo. No se trata de bombear. ¿Me entiendes? No hablo de desnudarme físicamente. Necesito ir despacio. Demasiado despacio. No me sé explicar.
A ver qué mujer hay que no solo no haya pasado por algún episodio de agresión sexual de algún tipo (o varios) y que además no haya tratado íntimamente con al menos tres o cuatro imbéciles de talla internacional, imbéciles con posibilidades de medalla en un campeonato mundial de imbéciles. En la raíz de todo está que los hombres no tenemos en cuenta lo suficiente (y algunos no lo tienen en absoluto) el contacto excesivo y a intervalos aleatorios pero frecuentes que las mujeres, todas, tienen con el terror y la imbecilidad. La mayoría de hombres, si acaso, tenemos ese tipo de contacto solo con la imbecilidad. Con el terror, la inmensa mayoría, como en el chiste de viajar a Nueva York, una o ninguna.
Me pregunto qué es lo que esperamos aportar, qué esperamos que suceda para que se le caigan las bragas al suelo y suene como un trapo de cocina empapado estampándose contra el suelo. La flamenca del WhatsApp de carne y hueso. Qué creemos que hay que hacer para que sus amigas, mujeres hechas y derechas, se pongan a chillar como quinceañeras en torno a esos cafés cuando les cuente sobre el tío que ha conocido. Qué tiene que pasar para que les haga más ilusión a sus amigas que a quien le está pasando, para que aparezca ese tío al que darle una oportunidad, o dos, como algo natural. A pesar de los pesares.
¿Qué esperamos ser? ¿Qué esperas ser, cabezabuque?¿Tarzán?






