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El canario en la mina

JON ARTABE

· Es concejal para la Igualdad del Ayuntamiento de Amorebieta-Etxano 

Existen múltiples definiciones respecto a lo que es el feminismo. Posiblemente, tantas definiciones como feministas nos podamos encontrar. Pero si el valor de una definición se mide en su capacidad de evocar un significado profundo, quizás las palabras de Nuria Varela son las que mejor definen el feminismo. Las luchas de las mujeres por construir una sociedad en la que puedan vivir y respirar ha sido una lucha por la palabra, escribe en su libro El síndrome Borgen. Una palabra que no sólo debe ser dicha, reivindicada, confirmada, o simplemente gritada; sino una palabra, que debe ser, además de escuchada, también obedecida. Es decir, una palabra, que no tiene que ser llevada por el viento, o por las circunstancias de un momento… Una palabra que debe ser encarnada para que no se desvanezca.

Un 8 de marzo nuevo se convierte en historia, mientras las declaraciones y reivindicaciones de aquel día se desvanecen ocultadas por la cotidianidad del día a día. ¿Dónde quedan esas palabras que nos hablan de igualdad, de reconocimiento, de reparación, de justicia? Decía el filósofo Ludwig Wittgenstein, que de aquello de lo que no se puede hablar, mejor es callarse. ¿Ocurre lo mismo con la igualdad? Si la lucha del feminismo es la lucha por la palabra, el silencio debe ser su principal enemigo. Y muchas veces, el silencio no parte sólo desde la injusticia o la desigualdad, sino desde la propia voz reivindicativa. A veces, como decía el propio Marx, son los propios esclavos los que se ponen sus propias cadenas.

Los últimos años, las consignas y los mensajes contra las instituciones se han convertido en algo común en ciertos discursos a favor de la igualdad. Es verdad, que históricamente, las instituciones no han sido capaces de estar a la altura de la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. Es más, durante siglos, las instituciones sociales, y las estructuras del poder, han sido el principal bastión de los hombres para perpetuar sus privilegios y su poder. Esto nadie puede discutirlo. Pero sí se puede poner en duda, que siglos y décadas de lucha política, no hayan abierto en las instituciones la posibilidad de albergar las palabras del feminismo dentro de esas mismas instituciones, que antes ahogaban todos los gritos a favor de la igualdad.

Sin duda, ha sido el desarrollo del liberalismo democrático, el principal baluarte de esa escucha de la voz de la mujer en las estructuras de poder. Un reconocimiento que no sólo ha ido parejo a la democratización de las instituciones, sino que, la lucha por la igualdad, ha sido uno de los factores clave en el desarrollo de las instituciones democráticas en occidente. Nadie puede poner en duda, que la incorporación de la mujer a la política, primero como simple electora, después como gobernante, cuando se le ha permitido, ha sido clave para el desarrollo democrático de las instituciones. No sólo ha permitido una mayor libertad, también ha significado la escucha de la palabra de la mujer de una manera más clara e intensa. Y al mismo tiempo, que la palabra de la mujer haya sido decisiva para lograr el desarrollo de la libertad y la democracia en nuestro entorno.

La voz de las mujeres en las instituciones, ha tenido un eco cada vez más profundo, no sólo a nivel político, sino también a nivel de presencia en todas las estructuras de gestión y funciones de las instituciones. Incluso en aquellos sectores más relacionados con la lucha contra la máxima expresión de la injustica que supone el machismo, la violencia de género, son las legiones de psicólogas, médicas, trabajadoras sociales, policías o juezas, la verdadera punta de lanza contra una plaga, que se niega a desaparecer. Son todas estas mujeres, incrustadas en las distintas estructuras de los servicios públicos, y también privados, las que no sólo alzan la voz, sino que son el verdadero altavoz de otras mujeres, y sobre todo, el garante de que ningún hombre pueda silenciar la palabra de una mujer.

Más si cabe, en el caso de las mujeres políticas, que ostentan el poder en las instituciones, cuyo papel, es lograr que esas instituciones sean capaces no sólo de mantener la voz de las mujeres, sino también, utilizar esas mismas instituciones, para proteger, cuidar, y sobre todo, ampliar la voz de todas esas mujeres, y lograr que su palabra, se escuche lo más alto y lo más lejos posible. Un coro de voces, además, que no deje ninguna voz al margen, venga de donde venga, tenga el color que tenga, y que convierta a las instituciones, en el principal aliado de la mujer en su lucha por la igualdad.

Corren malos tiempos para proclamas a favor de las mujeres en el ámbito institucional. Desde ciertas corrientes feministas, los discursos contra las instituciones se multiplican. Más un intento de favorecer intereses políticos partidistas, a mi juicio, que una verdadera apuesta por la justicia. Ya que no sólo la lucha por lograr feminizar las instituciones ha sido una pelea larga y dura, sino también porque las instituciones, han sido, son, y serán, los principales medios con los que la sociedad cuenta para lograr su propia transformación.

Pero además, existe otra causa por la que debemos ser especialmente cuidadosos a la hora de evitar atacar a las instituciones a la hora de abogar por la igualdad. Quizás, como siempre, falta la perspectiva histórica a la hora de entender nuestras proclamas y posturas políticas. Los ataques a las instituciones, se están multiplicando estos últimos años, sobre todo en lo referente a los valores democráticos tradicionales. El discurso populista de los extremistas, utiliza el mensaje aniti-insitucional, para erosionar la democracia. Y como muchas autoras apuntan, la nueva ola reaccionaria que nos viene, si quiere acabar con los valores democráticos, tendrá para ello que expulsar en primer lugar al principal motor de la democratización, las mujeres.

Por ello, es necesario alertar de que muchas de las críticas que se escuchan contra las instituciones en el ámbito de la igualdad, además de ser injustas, a las miles de mujeres que luchan por la igualdad en esas instituciones, puede hacer el juego sin quererlo a las profundas fuerzas autoritarias que luchan por acabar con las instituciones democráticas. Nuestra respuesta tiene que ser la contraria. Apostar por las instituciones, apostando por las mujeres que hay en ellas. Porque esta no sólo es la única manera de transformar nuestra realidad en un mundo más justo e igualitario. Es la única manera, de que los valores democráticos de occidente no sucumban a la reacción autoritaria a la que hacemos frente hoy en día.

¿Y si las multitudes de mujeres maltratadas fueran canarios cuyos trinos en las minas de carbón nadie oye? ¿Y si nuestra insensibilización a la omnipresente micromisoginia nos está impidiendo reconocer una crisis en toda regla?, escribía Laura Bates. Quizás esa crisis ya ha llegado, la de la crisis de la democracia, y la expulsión de las mujeres de las instituciones, el silencio de su palabra en la política y en las propias instituciones, no sólo es la consecuencia del machismo, sino del renacer de un nuevo autoritarismo que nos quiere llevar de nuevo a la barbarie. Por ello, las mujeres pueden ser nuestro canario en la mina, para defender a través de nuestras instituciones, no sólo la igualdad entre hombres y mujeres, sino también, los valores democráticos de los que disfrutamos.

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