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Campánulas azules. (Extractos de «Iniciación» de Teresa Wilms Montt)

Ander Berrojalbiz

· Es autor del libro Las tres muertes de Blancanieves, Los Aciertos & Pepitas, 2022.

 

Atesoro palabras impuras para conjurar las cobardías de la costumbre. Anoche encontré un cuento escondido en las memorias de Teresa Wilms Montt*:

Pelo ceniciento y dorado, pómulos pronunciados, ojos alargados…

¿Por qué será esta manía que tienes de contemplar tu cara de gata en los espejos? le dice su madre, que entra silenciosamente en su habitación para sorprenderla. ¿No sabes que eres fea?

Teresa no conoce las ternuras, su madre esconde bajo una coraza de alegría y joyas el seno tibio donde la niña querría encontrar protección. Pero las miradas de Teresa, llenas de gana insaciable de caricias, resbalan en la fisonomía materna como la luz en una estatua.

El padre, hombre del norte, es ingenuo y noble. Sonríe con bondad, pareciendo dejar siempre en su ternura huellas de nieve. Demasiado absorto por las preocupaciones de la vida material, no percibe con qué angustia presenta su hija sus mejillas en sus besos.

Sola, proseguirá su ensueño, hablando bajo a las campánulas azules que trepan por el balcón.

¡Quiero morir! Nadie me quiere repite Teresa a las campánulas. El mundo es grande y bello, existe al otro lado del horizonte una vida más poética, la adivino cuando veo anclar esos blancos veleros que flotan en la majestad de la mar.

***

Invitada por una amiga de su madre a una fiesta de niños, Teresa se pone con entusiasmo un trajecito sencillo, demasiado corto y un poco estrecho, porque ella es la heredera de todo lo que ya no le sirve a su hermana mayor.

Después de haberse mirado veinte veces en el espejo, después de haberse colocado una mecha de pelo que cae y le esconde el ojo derecho, muerde sin piedad sus labios rojos para que se vuelvan aún más rojos.

Soy bella se dice, intentando destacar en el fondo de la habitación, medio embutida en la cortina de cretona. Soy bella, pero un poco pálida. Y con una mano tan rápida como el pensamiento, arranca un cardenal púrpura de un jarrón con el que hace una bola que frota prestamente por sus mejillas.

Así es que, encontrándose decididamente bella, ya no piensa en lo ridículo de su atavío y va al recibidor, esperando a que la llamen. Está contenta porque va a asistir por primera vez a una fiesta de niños y en la casa más suntuosa de la ciudad.

Su hermana mayor, muy elegante, aparece cogida del brazo de su madre. Tiene un vestido de seda azul, brillante como el broche del collar de perlas. Parece una muñeca, y Teresa demuestra su admiración, llena de candor.

Pero cuán diferente es la impresión que ella produce. Después de observarla cuidadosamente, ambas estallan en risa.

¡Qué peinado más ridículo! La falda es más larga por delante que por detrás… La manga demasiado estrecha; y todos esos comentarios son entrecortados por sonoras carcajadas.

Pero ¡qué ridícula! ¡Cómo habrá podido imaginar que iría a una fiesta en esas condiciones! Habría sido mejor que se quedara en casa a estudiar el piano.

Teresa no protesta; sin levantar los ojos, murmura suavemente: «No tengo otro vestido; todo lo que Ud. me da es lo que le sobra a mi hermana, y lo que a ella le sienta bien no está hecho para mí».

Arrancando su sombrero con un gesto cansado, atraviesa el recibidor sin volver la cabeza y, cuando llega a su habitación, se tumba boca arriba en su cama y piensa…

¡Ah! ¡Qué sola se siente! No la quieren, no… siempre intentan humillarla. Su tristeza, contenida mucho tiempo, rompe en un largo sollozo, como un rugido.

Sofocada, se acerca a la ventana abierta; las nubes corren veloces en el cielo: así querría ella huir toda blanca hacia el fin de las cosas.

 

* Teresa Wilms Montt, «Iniciación» en Diarios íntimos, Alquimia & Pepitas, 2022.

 

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