A gritos desde los balcones

VICENTE CARRASCO BIXEN
17/2/26 – 14:16
Volviendo a casa de pasear con la perra, vi a uno de mis vecinos bajarse de un camión-grúa. No muy grande, pero uno de esos que salta a la vista que pueden mover vehículos mucho más grandes que ellos. Acaso la versión terrestre de los remolcadores que se ven en los puertos de mar. Siendo un domingo por la noche en el caluroso julio de Estocolmo, me llamó la atención ver a alguien bajarse de una grúa vestido como va aquí la gente en ciertos trabajos, como un astronauta azul, naranja y amarillo fluorescente.

De lo alto del edificio (de siete plantas) resonó la voz de su esposa, afrocubanísima ella:
— ¡Guaaaaapoooooo!
De cuando en cuando he coincidido con este vecino, un tipo que siempre sonríe. Esperando el ascensor en una ocasión, llegaba hasta nosotros por el hueco del ascensor la voz de su esposa. Como quien no quiere la cosa, me dijo:
— Me encanta. Entiendo muy poquito, pero me encanta cómo suena y la energía que tiene cuando habla. Me encanta todo, añadió.
Le dije que la gente de Cuba habla en Technicolor y en cinco dimensiones. Tienen expresiones muy precisas y divertidísimas que nos dejan a los hablantes de otros dialectos del castellano con el culo torcido. A lo mejor no con esas mismas palabras, pero eso es lo que le dije. Es difícil no ver que a este tipo le encanta absolutamente todo lo relacionado con su esposa. Una señora recubana con varios nietos adorables, con los que da gloria verla, orgullosa mamá pata con el enjambre de patitos.
Lleva aquí un montón de años, pero eso no quita para que siempre me trate de cariño, guapo, precioso y, si me tiene que decir que he cogido unos kilos y que estaba más guapo antes, me lo diga sin problema ninguno. Cuba es o no es, no hay medias tintas.
Le di la enhorabuena a mi vecino porque está viviendo la vida que todo el mundo envidia, aunque muchos no lo sepan. Mi perra, a todo esto, como loca saludándole en ese ascensor diminuto que es como un ataúd premium, bamboleándose en el hueco mientras subíamos con esa carga tan apreciada, sobre todo, en las plantas más altas del edificio.
Como aquí no les han bombardeado en la vida, no saben lo que significa cuando dice la canción “mi amor es un amor de antes de la guerra”, ni falta que le hace a nadie. Les veo tan contentos, la veo tan arreglada un día cualquiera de la semana, dejando a su paso una nube de perfume, rebosando vida…, gritando amor desde los tejados.
— ¿A cuántos hombres les gritan “guapo” desde los balcones cuando vienen de trabajar? ¿A cuántos hombres les gritan “guapo” desde los balcones EN TODA SUECIA?, le pregunté.
Como buen sueco, me dio las gracias abrumado, como si todo eso que le decía no tuviera nada que ver él; como si le felicitara por el color de su pelo o por tener cinco dedos en cada mano, aunque me reconoció que era una situación muy especial y él muy afortunado.
Me dijo que venía de trabajar porque había un ferry averiado y, siendo verano, había que arreglarlo cuanto antes. Claro, en invierno hay hielo en el agua, a veces mucho, y hay que mantener abiertas las vías a base de recorrerlas constantemente, algo que no se puede hacer con todas. Es en el verano nórdico, con esos días casi sin fin, cuando pueden operar. Les llevó todo un día arreglar aquello. Además, añadió, siendo el jefe de la empresa no tenía más remedio que quedarse ahí y ayudar en lo posible hasta que se acabara el trabajo.
— Así que te tenías que quedar. Comprendo.
Mi perra captó la señal al vuelo y le brindó (otra vez) todo tipo de atenciones. Y allá que se fue para casa, a disfrutar de su recibimiento triunfal. Para chasco de mi perra, claro, que no sabe cuándo parar. Mi perra adora a todo el mundo y le gusta mucho ayudar a la gente profundamente triste, pero sobre todo adora a la gente buena y feliz.








