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HERRIAREN ESKUBIDEA: «Cuando la memoria dura lo que tarda en apagarse una cámara»

HERRIAREN ESKUBIDEA/INDEPENDIENTES PATRIMONIO MEMORIALISTA

Andan muy atareadas las personas que desgobiernan el Ayuntamiento de Durango. Se ve que la precampaña electoral no entiende de descansos y que hay mucho que derribar, anunciar y, sobre todo, disimular. Entre demoliciones varias, redobles musicales y un interminable catálogo de ocurrencias destinadas a entretener al personal, parece que el objetivo es uno solo: maquillar el desgobierno de un Durango cada vez más irreconocible.

Y mientras nuestras ilustres gestoras se afanan en semejante despliegue de actividad escénica, hay cosas que, por lo visto, no merecen ni cinco minutos de su apretadísima agenda.

Ahí sigue, por ejemplo, el monumento a la memoria de Kurutziaga, vandalizado durante el primer fin de semana de fiestas y abandonado desde entonces a su suerte. Más de tres semanas esperando algo tan revolucionario como una limpieza. Aunque, bien pensado, quizá se trate de una decisión estética: no vaya a desentonar con la suciedad que empieza a formar parte habitual del paisaje urbano.

Conviene recordar —aunque hablar de memoria en este Ayuntamiento resulte un ejercicio de optimismo desmedido— que no estamos ante una papelera olvidada ni un banco que necesita una mano de pintura. Hablamos de un MONUMENTO A LA MEMORIA, que honra a las víctimas de los bombardeos y la represión de una guerra tan incivil como quienes la provocaron.

Eso sí, que nadie dude de que volveremos a ver sus rostros compungidos en los homenajes, sus discursos solemnes, sus silencios cuidadosamente administrados y esa estudiada gravedad que tan bien luce en las fotografías institucionales.

Todo muy sentido. Todo muy digno. Todo muy de cara a la galería.

Porque resulta fascinante esta peculiar concepción de la memoria histórica: solemne cuando hay fotógrafos, emotiva cuando toca discurso y perfectamente prescindible cuando exige algo tan poco vistoso como mantenimiento y respeto cotidiano.

Una vez apagadas las cámaras y archivada la emoción oficial hasta la próxima efeméride, la memoria puede regresar tranquilamente al cajón de los asuntos pendientes.

Invitamos a las duranguesas y los durangueses a acercarse al monolito de Kurutziaga y comprobar con sus propios ojos cómo se traduce tanto discurso solemne en respeto cotidiano.

Porque la memoria no se honra con fotografías ni discursos, sino con hechos. Y el respeto a las víctimas no debería depender del calendario institucional ni de las necesidades electorales.

Y a quienes hoy ocupan los sillones del Ayuntamiento, una última recomendación:

Guárdenlo en su limitada memoria.

Aunque, visto lo visto, quizá sea mucho pedir.

Ayúdanos a crecer en cultura difundiendo esta idea.

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