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Gonzalo Aranguren, aquel médico que atendió a gudaris en el Hospital de Sangre de Amorebieta y director de La Roseraie

Iban Gorriti AMOREBIETA-ETXANO

Durante la Guerra Civil hubo un servicio de atención urgente a las víctimas en la que médicos y enfermeras se afanaban en sacar adelante la vida de las personas heridas e, incluso, moribundas llegadas de la línea del frente. Aunque vital, poco se ha abundado sobre ello, sobre la Sanidad del Gobierno Provisional de Euzkadi. Uno de aquellos integrantes fue Gonzalo Aranguren, de Bilbao, miembro del PNV, que pasó por el Hospital de Basurto, el Hospital militar de sangre de Amorebieta y llegaría a ser uno de los directores del histórico Hospital de la Roseraie, acomodado en el hotel-casino de Bidart (Lapurdi). Después de la guerra, y tras trece años exiliado en Venezuela, compró la clínica Ginecoyatreo de alameda Mazarredo a la que rebautizó como Clínica Aranguren.

Aranguren junto a unas enfermeras de la época. FAMILIA ARANGUREN

A este urólogo vasco que quiso ser neurólogo se le recuerda aún porque no cobraba a personas con bajos recursos económicos. “No es que lo hiciera durante la guerra, sino que lo hizo siempre”, valora su hijo, el también médico, Iker Aranguren. “¿Cómo iba a cobrar a los gudaris que habían perdido todo, a quienes igual amputaba una pierna o las dos o perdían los dos brazos? No cobraba a quien no podía pagar”, apostilla a sus 88 años y va más allá: “De hecho, también le pedían dinero” y detalla que un amigo de Lekeitio le dijo en Caracas lo siguiente: “Si hubieras cobrado a todas las personas que has atendido serías hoy más millonario que Rothschild”.

Hijo de Luis Aranguren, federalista republicano que escribió Memorias de un exiliado vasco, Gonzalo “sentía lo vasco como parte integrante de su vida”. Nació el 28 de agosto de 1905 en las siete calles de Bilbao. Realizó los estudios de bachillerato en el instituto local y a continuación cursó Medicina en Madrid. Buen estudiante, con 25 años ya tenía un “renombre de cirujano especialista en vías urinarias en el Hospital de Basurto”. Pero su tesón, le llevó a seguir formándose en París.

Con los republicanos, hospital; con los franquistas, cárcel

Y estalló la guerra tras un Golpe de Estado fallido en julio de 1936. Se sumó a Sanidad del Ejército de Euzkadi como cirujano en el Hospital Militar de Sangre de Amorebieta, a donde se enviaban a los heridos más graves del frente. Estuvo ubicado, como confirma el miembro de Euskal Prospekzio Taldea, Kepa Ganuza, en el edificio en el que a día de hoy funciona el colegio Carmelo. Ese inmueble, fue convento, más adelante Hospital Militar de Sangre y al ocupar el pueblo los franquistas cárcel de hombres y a continuación prisión de mujeres. “Allí, Gonzalo se desencadenó en un quehacer sobrehumano, sin reposo, en el que a su habilidad quirúrgica se unía una acción psicológica, de trato humano, que los gudaris y otras personas reconocieron y admiraron siempre. Aranguren sabía lo que pasaba en los frentes con más seguridad y detalle de lo que conocía el Estado Mayor”, valoraba un redactor de la publicación caraqueña Notimés.

Colegio Carmelo, antiguo Hospital Militar de Sangre.

Más adelante, cuando comenzó el éxodo de heridos hacia Iparralde, el reconocido doctor Luis Bilbao le encomendó la tarea de la rehabilitación de los gudaris y milicianos y atender al mismo tiempo cientos de casos de refugiados civiles vascos en el Hospital La Roseraie, inmueble alquilado por el Gobierno vasco en Bidart, Lapurdi. “Una vez más, Gonzalo dejó allí su corazón y su alma en un desvelo que no tiene paralelo en la historia de la cirugía de guerra”, estimaba el doctor José Mari Bengoa quien firmaba con sus iniciales en la publicación venezolana.

Con los nazis de Hitler avanzando en Francia, optó por el exilio a Venezuela. Lo detalla su hijo: “Decidió ese país porque había otro Aranguren, que no era familia nuestra, aunque se apellidaba igual, relacionado con las empresas petrolíferas. “Conoció a aquel hombre en París y de aquel modo evitó a los nazis, por un lado, y a Franquito, por otro”, sonríe su hijo Iker.

Para ello, viajó su padre, Luis Aranguren, en el barco Presidente Trujillo. “Fue una coincidencia cachonda, por lo que el dominicano Trujillo hizo con los vascos, con nuestro compañero Jesús Galíndez, secuestrado primero y asesinado de la forma más asquerosa”, denuncia. La singladura se hizo vía Santo Domingo, capital de la República Dominicana, atracando en el puerto de La Guaira, de Caracas. Corría el año 1940.

“Lo importante en la vida de nuestro padre fue su bonhomía»

Primero residieron en la ciudad venezolana llamada Barcelona y a continuación en Caracas. Gonzalo fue el partero de la comunidad vasca en la clínica particular que constituyó en El Conde. Allí también había personas a las que no cobraba sus servicios sanitarios. “Lo importante en la vida de nuestro padre fue su bonhomía, generosidad y simpatía con su prójimo. Fue un cirujano muy hábil, rápido y muy cariñoso con sus pacientes que, en su mayoría, lo adoraban y respetaban”, estima su hijo.

En la capital, se dio una curiosidad más. “Aita fue presidente de la Ezko Etxea de Caracas, mientras que su padre, Don Luis, lo era de la casa de España”. Un trabajo de A. Basurko titulado Una vida dedicada a la Medicina entre los exiliados: Gonzalo de Aranguren, aporta que el de Bilbao “llegó a ser propuesto para la alcaldía de Caracas y su afición deportiva le llevó a dirigir el equipo de fútbol de la colonia vasca”. Según este mismo texto, el presidente de Venezuela, Jaime Ramón Lusinchi declaró que le debía su vocación médica.

Un reportaje sobre Gonzalo Aranguren publicado en Notimés. ARCHIVO FAMILIAR

En 1953, el matrimonio formado por Gonzalo Aranguren y Concha Dúo –natural de Plentzia- “volvimos al imperio”, recalca Iker Aranguren quien se vio en la tesitura de tener que elegir la decisión de sus padres y la que le ofrecía su abuelo, Luis. “Yo no quería volver. Y se me presentó una encrucijada. El abuelo me dijo que me quedara con él, que no volviera a la España de Franco. Y yo vivía en una sociedad mejor que aquella, alegre y tranquila con una libertad extraordinaria, pero, ¿cómo no iba a volver con mis padres?”, se pregunta y continúa: “La España de Franco era superior a las fuerzas de mi abuelo, que tenía odio a todo lo que representaba el franquismo, incluida la iglesia católica española”.

A su retorno a Bilbao, abrieron la Clínica Aranguren y tras la jubilación compraron “un pisito” en la calle Butrón de Hondarribia. “Aita fumaba hasta tres cajetillas diarias de Camel y eso le llevó a padecer un cor pulmonar, afección que causa insuficiencia en el corazón. El pronóstico era muy malo. Desde aquel balcón veía la ensenada del Bidasoa, la bahía con Hendaia al otro lado, con barcos de pesca entrando y saliendo, una verdadera maravilla”. Falleció el 13 de enero de 1975.

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