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BÁSICA MENTE | Jon Fernández | La muerte, los niños… y el cariño

OPINION Jon fernández BASICA MENTE

Jon Férnandez

Una vez le pregunté a un especialista en duelo, con más de 20 años de experiencia, cómo se le trasmitía a los más pequeños que un familiar suyo había muerto y su respuesta fue increíble: “Con cariño”, me dijo.

| HISTORIAS REALESQuiero compartir con vosotros un par de situaciones que viví en mi trabajo de psicoterapeuta hace unas semanas. Las dos situaciones me ocurrieron con apenas dos días de diferencia y tienen mucho en común. Más concretamente, los niños y la muerte.

El primer caso sucedió con una niña a la que ayudo a causa de algunos problemas de aprendizaje, que le hacen más difícil avanzar en el colegio. Pues bien, nada más verla noté que algo le había ocurrido. Se movía despacio, los brazos le colgaban a los lados, como sin energía, y su cabeza miraba hacia el suelo. Cuando me saludó, no me quedó ninguna duda: estaba afectada por algo.

En el momento en el que le pregunté cómo estaba, respondió que mal porque “Aletas” (nombre ficticio por temas de confidencialidad, ya sabéis) “se ha muerto”. Aletas era su pez de 6 meses de edad. La conversación que siguió fue más o menos así:

  • ¡Vaya hombre! Lo siento.
  • Sí…
  • Veo que estás triste.
  • Es que estaba bien y de repente tenía como trozos de carne colgando. Y luego, se murió… ahora estoy triste, sí.
  • Es que era tu amigo.
  • Sí… Mi madre dice que vivió mucho para ser un pez.
  • Aunque viviera mucho, es normal que estemos tristes cuando un amigo se va.
  • No se ha ido. Se ha muerto.

Ahí lo tenéis. Un “¡zasca!” − permitidme la expresión − en toda regla y con toda la razón del mundo. Al momento corregí y le dije: “Tienes razón. Cuando te vas, puedes volver. Cuando te mueres, no.” Pero eso ella ya lo sabía; fue mi necesidad inconsciente de protegerla del dolor de la muerte la que había suavizado mis palabras.

El segundo caso ocurrió con una mujer de mediana edad. Me contó que estaba muy preocupada por su hijo pequeño, por algo que había pasado en agosto, pocos días atrás. Estando en la costa mediterránea con su hijo y sus padres de vacaciones, un familiar de ella murió. Pero este no era el motivo de su preocupación. Lo que ocurrió después fue que esta madre, queriendo proteger a su hijo, no le dijo a éste nada de lo que estaba pasando. Distintos familiares y conocidos se quedaron a su cuidado mientras su madre y sus abuelos iban de aquí para allá, cumpliendo con los rituales típicos de una muerte y un funeral.

Al cabo de dos o tres días, cuando parecía que todo había pasado, y sin previo aviso, el niño se acercó a su madre y le dijo entre lágrimas y temblando que no quería quedarse más en esa casa. “La casa me da miedo”, dijo el pequeño. Tanto miedo parecía tener, tan mal parecía estar pasándolo, que la madre hizo las maletas y se volvieron.

| NO SE LES PUEDE NEGAR EL DOLOR | Los niños y niñas no saben nada de la muerte, lo aprenden  todo a través de nuestros filtros. De hecho, tienen que alcanzar cierta edad para entender la irreversibilidad de ésta. Cuando son pequeños y les decimos que el abuelo está en el cielo, los niños y niñas realmente creen que su abuelo está en ese sitio raro llamado “cielo” y puede que te pregunten que “¿por qué nunca vamos a verlo en verano?”.

Somos nosotros, los adultos, los que distorsionamos todo el asunto de la muerte queriendo protegerlos a ellos y ellas o más bien a nosotros mismos. Queriendo evitarles un dolor inevitable, les ofrecemos una versión edulcorada que solo los confunde. O en el peor de los casos,  les ocultamos algo tan importante para la familia como la perdida de un ser querido. La consecuencia es que ellos sienten el mismo o más dolor, pero sin entender nada y sin poder elaborar la perdida. Negarles el dolor es negarles el derecho a sentir una pena legítima y necesaria. Es obligarles a quedarse atascados en un duelo sin despedida.

* Jon Fernández  (Iurreta, 1988 ) es psicólogo

Puedes contactar con Jon Fernández | jonferpsi@gmail.com

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La muerte y los niños. | PHOTTO | Getty Images

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