TENGAS PLEITOS Y LOS GANES (III) · Vivir según la lógica del mercado

CARLOS LÓPEZ
Una reflexión sobre las relaciones entre verdad, política, mercado y “mundo” de la mano de Hannah Arendt y sus herederos.
Les traigo un fragmento del libro “Sociofobia”, de César Rendueles, que refleja, de manera muy clara el punto de vista del “otro”, del “bárbaro”, del que vive fuera de la lógica de los mercados y mira desde el afuera:
“A lo largo de la historia, la mayor parte de las comunidades ha utilizado alguna forma de comercio para intercambiar bienes y servicios. Pero esos mercados tradicionales siempre fueron instituciones marginales o, al menos, muy limitadas. El mercado era literalmente un lugar -la plaza del mercado- que se establecía en ciertos momentos especiales -los días de mercado-. Cuenta Herodoto que cuando una delegación espartana acudió a la corte de Ciro a advertirle de las represalias que sufriría si atacaba a los griegos, el rey persa les respondió que no se sentía intimidado por un pueblo que había habilitado en sus ciudades un espacio -el mercado- donde engañarse los unos a los otros.”
Nuestra civilización se ha dejado impregnar hasta sus entretelas más íntimas por esas lógicas mercantiles en cuya base está la idea de que el éxito, el bien supremo, consiste en comprar barato y vender caro, en recibir, en términos económicos, lo máximo por lo que ofreces, independientemente de su utilidad y de los condiciones en que lo hayas conseguido. Hemos acabado por aceptar la codicia y el ventajismo como rasgo no sólo definitorio, sino también loable, de “lo humano”. ¿Recuerdan aquel momento en que Hilay Clinton reprocha a Trump el haber expresado su deseo de que estallara la crisis de 2008, porque sería una buena ocasión para “hacer algo de dinero”, y él la interrumpe diciendo “eso se llama hacer negocios”? Intentar teñir de cualquier tipo de “moralidad” esa carrera disparatada y suicida hacia el beneficio (¿beneficio para quién?) parece una broma un tanto siniestra.
De las muchas derivas históricas posibles, parece que nos hemos aferrado a esa con una decisión y un empeño dignos, quizá, de mejor causa…
Del artículo de CapX que les citaba, a mí me interesan especialmente las referencias a una “base común de hechos compartidos” y a la necesidad de árbitros que establezcan límites entre la verdad y el engaño. Me interesan, sobre todo, porque nos remiten a una idea central en Hannah Arendt: su noción de “mundo”. Los humanos creamos un entramado de instituciones, relatos, objetos, recuerdos y hechos que perduran más allá de la vida de cada individuo y constituyen el suelo que nos permite esa forma de “aparecer” ante los demás que ella relaciona con la “acción” humana y que constituye la base de lo político. A ese entramado le llama “mundo”. Se asienta sobre una base de HECHOS, un corpus en torno al que puede existir un acuerdo básico que permita afirmar “esto ocurrió” o “eso que usted dice no ocurrió”, es decir, que permite distinguir el discurso que “dice lo que es” de los discursos basados en la ficción y en la mentira. Así se llega a configurar una “realidad factual” que es frágil, siempre en disputa, siempre amenazada, pero que hay que conservar si queremos que la comunicación y la acción humana sean posibles.
De un modo muy clásico, distingue entre las “verdades de razón”, cuyos ejemplos más claros son la lógica formal y las matemáticas, que producen una verdad sólida y difícilmente cuestionable (“ni siquiera a Dios le está permitido afirmar que dos más dos no son cuatro”) y la verdad factual, que siempre depende de la recolección de pruebas, la documentación y el procesamiento de datos, lo que siempre deja un margen a las intromisiones de la subjetividad. Sobre esos hechos y sobre la reflexión plural en torno a ellos, sobre los diversos juicios morales que provocan, por ejemplo, se construyen la convivencia y la política. Cuando ese suelo de hechos compartidos se erosiona -y la forma más lesiva de erosión es la que provoca la mentira organizada, institucionalizada, o las aún más efectivas inundaciones de ruido- la perplejidad y el desconcierto se apoderan de la esfera pública, desaparece el “mundo” o se vuelve inhabitable. Hasta la mera idea de “realidad” corre peligro.
A la hora de establecer la verdad factual, Arendt ensalza la autoridad de las gentes honestas y desinteresadas que dan testimonio, documentan y recogen pruebas, la gente que se entrega al ejercicio de “decir lo que es”, esa actividad y esa actitud que Herodoto consideraba esenciales para “perseverar en la existencia”. Y también reivindica instancias de veridicción que sean garantes de esa base de hechos sobre los que se asienta el mundo: documentos, archivos y registros (que recogen y clasifican las pruebas materiales); historiadores (que reconstruyen los hechos); periodistas (que los verifican y los hacen públicos), tribunales (que obligan a establecer hechos a partir de pruebas) y, por último, la Universidad y la Academia en general, cuya función debería ser garantizar la búsqueda sincera y desinteresada de la verdad (y nunca convertir el conocimiento en técnica de dominación ni ponerlo al servicio del poder).
Conozco el ámbito académico. He pasado demasiado tiempo en contacto con él como para sentirme capaz de hablar aquí de mi experiencia de un modo lo suficientemente sintético. Mis contactos con el ámbito jurídico han sido, afortunadamente, más escasos, y eso me permite seleccionar una anécdota que creo que puede ser relevante para examinar una de las formas en que en ese ámbito se puede llegar a poner en peligro la frágil verdad de los hechos por el procedimiento de borrar el límite entre hecho e interpretación.
Verán, hace un par de años presencié algo extraño e inquietante. En un cruce del pueblo donde estábamos, una mujer salió despedida de un coche por la puerta del copiloto. Nos acercamos para ver si necesitaban ayuda. El conductor intentaba levantarla, pero todo hacía pensar que podía estar herida, así que me concentré en que no se moviera mientras una amiga llamaba a emergencias. Hablaban inglés. El hombre adoptaba un tono de víctima y presionaba a la mujer para que aceptara que todo había sido culpa suya. Y lo consiguió.
Llegaron la ambulancia y la policía. Me tomaron declaración, pero en el relato que recogió el agente no aparecía la traducción que le hice de aquella conversación. Casi un año después recibí una citación. Acudí al interrogatorio. El juez tampoco quiso prestar atención a lo que habían dicho el hombre y la mujer, aunque yo lo recordaba bien porque lo había transcrito el mismo día de los hechos. Luego me interrogó un abogado. Tampoco le interesaba lo que yo había oído, y apenas lo que había visto. Más bien quería que interpretara las intenciones del hombre. Yo estaba un poco desconcertado. Le dije, casi balbuceando, que no podía interpretar las intenciones de personas a las que no conocía de nada.
De camino a casa me asaltó eso que los franceses llaman ingenio de la escalera. Vi con nitidez lo que me habría gustado decir: “Miren, me han hecho jurar que diría la verdad y ahora me piden que opine y especule. Yo sólo puedo decir la verdad sobre lo que vi y escuché; lo demás serían conjeturas. No puedo darles eso, y menos bajo juramento. Quizá deberían recordar esa diferencia entre hechos y opiniones para futuros interrogatorios”.





