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TENGAS PLEITOS Y LOS GANES (II) · El horror de Viktor Frankenstein

CARLOS LÓPEZ

 

TENGAS PLEITOS Y LOS GANES (II)

Una reflexión sobre las relaciones entre verdad, política, mercado y mundo” de la mano de Hannah Arendt y sus herederos.

 

El horror de Viktor Frankenstein

(O de cómo los intelectuales del neoliberalismo se espantan ante su propia criatura)

 

Permitan que les leamos algunos fragmentos de un artículo de opinión que aparece en la página web de CapX, un think tank conservador del que fue cofundadora Margareth Thatcher: “Las sociedades libres no sólo dependen de mercados libres de bienes y servicios: también necesitan mercados libres y funcionales de información. La democracia liberal parte de la idea de que, si las personas tienen acceso a hechos precisos, puntos de vista diversos y un debate abierto, la verdad acabará imponiéndose. Pero, ¿qué sucede cuando ese mercado de la información está roto, cuando la atención -y no la exactitud- se convierte en la moneda? ¿Cuando la visibilidad sustituye a la credibilidad?

Ésta es la crisis que enfrentamos ahora: un colapso en el mercado de la verdad Y los regímenes autoritarios lo están explotando.

Líderes como Donald Trump, Viktor Orbán, Recep Tayyip Erdoğan y Narendra Modi han descubierto una versión del siglo XXI de la censura: no prohibiendo ideas, sino inundando el sistema de ruido. En lugar de suprimir la disidencia, la ahogan en un mar de confusión apoyándose en las plataformas y redes sociales.

El ascenso de Trump al poder en 2016 no se construyó sobre la persuasión tradicional; se basó en una comprensión intuitiva de la economía digital de la atención. Su famosa estrategia de “inundar la zona de mierda”, para citar a su exasesor Steve Bannon, equivalió a una guerra de información basada en saturar el entorno con mensajes contradictorios y cargados de emoción, en destruir la credibilidad. Saben que ante el desconcierto, la tendencia dominante es aferrarse a las propias convicciones y a quienes lideran nuestros propios grupos de pertenencia.

En India, el gobierno de Modi presiona a las plataformas tecnológicas para que supriman la disidencia y promocionen narrativas nacionalistas. En Turquía, Erdoğan combina detenciones con manipulación en línea. En Hungría, Orbán ha nacionalizado de facto gran parte del panorama mediático, desplazando al periodismo independiente.

…plataformas como Twitter, YouTube y Facebook, impulsadas por algoritmos de interacción, explotan esos atajos. Priorizan el contenido que genera ira y miedo. En este contexto, la verdad puede convertirse en una señal más, perdida entre el ruido, porque la economía digital de la atención no recompensa la fiabilidad: recompensa la viralidad. Esto permite que la desinformación prospere.

El resultado es un ecosistema epistémico roto. Si cada persona vive en una burbuja de información personalizada, no existe una base común para el debate público. La polarización aumenta. Y los demagogos llenan el vacío con narrativas simplistas y chivos expiatorios.

Esto no es sólo un problema político: es también un problema económico. Las democracias dependen de ciudadanos informados que toman decisiones razonadas, igual que los mercados dependen de consumidores informados que toman decisiones racionales. Pero en ambos casos, la asimetría de información y los incentivos distorsionados conducen al fracaso. El mercado de la verdad ya no se autocorrige.

Debemos dejar de tratar la democracia únicamente como un sistema político: también es un sistema de conocimiento. La libertad de elección sólo es significativa cuando las personas pueden acceder a información precisa. Sin ella, el liberalismo degenera en teatro, y las elecciones se convierten en concursos de popularidad gobernados por distorsiones algorítmicas en lugar de debate razonado.

Los mercados libres dependen de la transparencia, la rendición de cuentas y la competencia justa. Las sociedades libres también. Si no arreglamos el mercado de la verdad, los autoritarios no necesitarán silenciar a sus críticos: bastará con enterrarlos en ruido.”

Como ven, no es necesario recurrir a medios de extrema izquierda para captar el espanto que produce el daño que la mentira organizada y la invasión de ruido mediático están produciendo en la sociedad. Hasta los descendientes intelectuales de Thatcher, que llegan a naturalizar una metáfora como “mercado de la verdad”, se espantan ante la fractura que el nuevo ecosistema de la comunicación de masas basada en plataformas y redes sociales ha introducido en el sistema epistémico neoliberal. Su gesto recuerda al de Victor Frankenstein ante lo que, en realidad, no es otra cosa que su propia criatura, pero cobra sentido si tomamos en cuenta que las modernas tecnologías han modificado esencialmente el escenario: si en tiempos pasados la destrucción de la verdad de los hechos se intentaba a través de su suplantación por ficciones coherentes, en nuestra actualidad se consigue sepultando los hechos en una maraña de interpretaciones inconexas y cargadas de emociones cuyo objetivo no es otro que aturdir a la opinión pública y crear un clima en que las adhesiones a una determinada posición no pueden derivar más que de una respuesta afectiva, no racional.

Bien, podemos aceptar que el uso de expresiones como “mercado de la verdad” es hasta cierto punto metafórico, pero la sociolingüística enseña hasta qué punto metáforas de ese tipo configuran el “sentido común” mayoritario, así que nunca son usos inocentes del lenguaje. Y esta metáfora recoge la tendencia del capitalismo neoliberal a convertir en mercancía todo lo que toca. En un contexto en que la verdad sobre los hechos cotiza en los mercados, la imparcialidad se convierte en una quimera ridícula, en una pura fantasía, cuando no en una falsa coartada. La recolección de evidencias y su entrelazamiento en teorías, modelos y relato comprensible tiene un componente interpretativo; si todo eso se somete a reglas de mercado, ¿qué puede garantizar que la versión preferida no sea simplemente la más rentable en términos estricta y cortoplacistamente económicos?

La confianza que la gente de CapX manifiesta en un mercado del conocimiento y de la verdad libre, transparente y autorregulado no parece un ejercicio de cinismo. ¿Será, entonces, ingenuidad?

  1. Vivir según la lógica del mercado

Les traigo un fragmento del libro “Sociofobia”, de César Rendueles, que refleja, de manera muy clara el punto de vista del “otro”, del “bárbaro”, del que vive fuera de la lógica de los mercados y mira desde el afuera:

“A lo largo de la historia, la mayor parte de las comunidades ha utilizado alguna forma de comercio para intercambiar bienes y servicios. Pero esos mercados tradicionales siempre fueron instituciones marginales o, al menos, muy limitadas. El mercado era literalmente un lugar -la plaza del mercado- que se establecía en ciertos momentos especiales -los días de mercado-. Cuenta Herodoto que cuando una delegación espartana acudió a la corte de Ciro a advertirle de las represalias que sufriría si atacaba a los griegos, el rey persa les respondió que no se sentía intimidado por un pueblo que había habilitado en sus ciudades un espacio -el mercado- donde engañarse los unos a los otros.”

Nuestra civilización se ha dejado impregnar hasta sus entretelas más íntimas por esas lógicas mercantiles en cuya base está la idea de que el éxito, el bien supremo, consiste en comprar barato y vender caro, en recibir, en términos económicos, lo máximo por lo que ofreces, independientemente de su utilidad y de los condiciones en que lo hayas conseguido. Hemos acabado por aceptar la codicia y el ventajismo como rasgo no sólo definitorio, sino también loable, de “lo humano”. ¿Recuerdan aquel momento en que Hilay Clinton reprocha a Trump el haber expresado su deseo de que estallara la crisis de 2008, porque sería una buena ocasión para “hacer algo de dinero”, y él la interrumpe diciendo “eso se llama hacer negocios”? Intentar teñir de cualquier tipo de “moralidad” esa carrera disparatada y suicida hacia el beneficio (¿beneficio para quién?) parece una broma un tanto siniestra.

De las muchas derivas históricas posibles, parece que nos hemos aferrado a esa con una decisión y un empeño dignos, quizá, de mejor causa…

Ayúdanos a crecer en cultura difundiendo esta idea.

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