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Tengas pleitos y los ganes (I)

CARLOS LÓPEZ

Una reflexión sobre las relaciones entre verdad, política, mercado y mundo” de la mano de Hannah Arendt y sus herederos.

I. Introducción: Hannah Arendt, esa gran desconocida.

(Cada vez con más frecuencia vemos citada a Arendt en contextos donde su pensamiento se trivializa e incluso se manipula, poniéndola al servicio de discursos que ella habría rechazado)

El día 18 de noviembre, un amigo me envió el enlace de una especie de columna de opinión aparecida en un periódico de gran tirada. Se titula “El imperio de la mentira y la banalidad del mal” y está firmada por un hombre que en su día desempeñó un papel bastante relevante como miembro del Gobierno. No es un buen artículo. Es uno de esos textos cargados de “erudición” de Wikipedia y con una conexión defectuosa y forzada entre premisas y conclusiones. Supongo que mi amigo me lo envió porque sabe que, desde los comienzos del genocidio de Gaza, estoy volviendo una vez y otra a Hannah Arendt, cuya evolución desde la defensa del sionismo como necesidad de un aglutinante político a la crítica de la deriva del Estado de Israel me parece un ejemplo de integridad. El día que recibí el enlace estaba releyendo, precisamente, un texto suyo titulado “Verdad y política”.

Y efectivamente, el pasaje fundamental del texto es una cita atribuída a Arendt. Al leerla, algo me chirrió: se parecía un pasaje que acababa de leer, pero no acababa de coincidir del todo. Era, no sé cómo decirles, un parrafito demasiado redondo, demasiado adecuado al contexto en que se estaba utilizando. Arendt no es una opinadora complaciente con el lector, sino una analista profundamente rigurosa y que a menudo nos conduce a posiciones incómodas. Su especialidad no son las frases bonitas, sino los juicios certeros.

Al final di con el texto, no en los escritos de Arendt, sino en Facebook. Se trata de una de esas citas atribuidas a grandes pensadores, pero convenientemente retocadas para hacer que resulten cómodas en cualquier contexto, lo que a menudo fuerza o traiciona el pensamiento que dicen representar.

No es un fenómeno reciente, este de lanzar “citas a ciegas”. Tiene una larguísima historia. Me vienen enseguida a la memoria aquellos versos del Arcipreste de Hita en que se escuda en la “auctoritas” de Aristóteles, para, humorísticamente, descargarse de toda responsabilidad moral respecto a su libro:

“Como dice Aristóteles, cosa es verdadera:

el hombre por dos cosas trabaja, la primera

por aver mantenencia y la segunda cosa era

por tener juntamiento con hembra placentera.”

Citar a Hannah Arendt parece haberse convertido en un gesto de “buen tono” que pretende dar un barniz de intelectualidad al debate. Cualquier idea encaja mejor si se lubrica con alguna cita suya, aunque sea apócrifa. Eso puede llevar a la trivialización de su pensamiento. Hasta personas que jamás se han acercado a uno de sus textos hablan de “banalidad del mal”, esa expresión tan certera que ella acuñó para designar una de las más estremecedoras encarnaciones que el mal ha conocido, y la utilizan para explicar incidentes que no tienen más relevancia que una pelea en el patio de una escuela.

II. “Verdad y política: Una reflexión acerca de la fragilidad de los hechos.

Verán, de lo que realmente habla Arendt en “Verdad y política” es de la extrema fragilidad de los hechos, de una “verdad factual” que, disponiendo de los medios, puede ser fácilmente falseada. Y de la compleja relación que el relato veraz de lo que pasó y de lo que está pasando ha tenido siempre con la política, tan dependiente de y tan tolerante con la ocultación y la “mentira diplomática”, tan proclive a sacrificar los mecanismos de transparencia en aras de la efectividad.

La legitimación de la mentira en política tiene también una tradición larguísima. Podemos remontarnos, por ejemplo, a Platón, quien nos habla en La República de la “mentira noble”, una especie de ficción o mito fundacional cuya función es conseguir que cada individuo acepte el papel que se le ha asignado en la república para así garantizar la cohesión social. Pero quizás el autor que con más naturalidad la defiende es Maquiavelo. Véanlo aquí:

“Un príncipe prudente no puede ni debe guardar fidelidad a su palabra cuando tal fidelidad redunda en su perjuicio y han desaparecido las causas que motivaron su promesa. (…) Si los hombres fuesen todos buenos, este precepto no sería bueno; pero como son malos y no te guardarían a ti su palabra, tú tampoco tienes por qué guardarles la tuya.»

En estos casos aparece un uso “limitado” de la mentira. Pero, ¿qué ocurre cuando la absoluta falta de rigor, la mentira y el ruido se adueñan del espacio público?

Ayúdanos a crecer en cultura difundiendo esta idea.

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