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¿Quién manda en los afectos?

KEPA ARBIZU

Decía el extraordinario escritor Charles Simic que la poesía era la serenata del gato bajo la ventana de la habitación donde se escribe la versión oficial de la realidad. Una sutil y lírica manera de subrayar la necesidad de convertir todo ejercicio creativo en la enunciación de una interrogante respecto a los renglones rectos con que se pretende dictar la historia. Una premeditada relación problemática con las certezas que incluso debería ir más allá y ser extendida también a aquellos terrenos que nos gusta creer desprovistos de cualquier tutela que no responda exclusivamente a nuestro propio mandato. Una tarea, a medio camino entre la espeleología y el intimismo desprejuiciado, que de alguna manera he intentado traducir al idioma de los versos en mi nuevo poemario, Los otros nombres del amor (Libros Indie). Porque el corazón, aunque lo creamos solo bombeado por una corriente sanguínea ajena al curso de los tiempos, también es parte de un escenario global que inevitablemente termina por cincelar su fisionomía.

Cuesta imaginar, e incluso aceptar, que nuestra biografía romántica, desde aquellas inocentes notas intercambiadas con sigilo durante la clase de matemáticas a los quebraderos económicos para sacar adelante un núcleo familiar, no es en exclusividad el resultado natural de haber escuchado a nuestros instintos, sino que en esos episodios también han sido protagonistas, o cuanto menos invitados a nuestros encuentros íntimos, todos aquellos elementos que han colaborado en la fabricación del entorno social que nos acoge. Porque resulta irrebatible que el suspiro afectivo no suena, ni se pronuncia, igual desde una lujosa mansión situada en un coqueto pueblo costero que en un cuarto desvencijado de algún suburbio. Pero no hace falta recurrir a las situaciones más extremas para que éstas lleguen a permear nuestras pulsiones privadas, ya que ostentar el rango de seres sociales, lo que supone configurar nuestra identidad a través del contacto y la interpretación de lo que nos rodea, nos predispone sin excepción posible a ser el producto, más o menos estricto, de todo un engranaje global del que participamos, a veces como protagonistas directos y otras en calidad de espectadores lejanos.

Pese a lo que podría parecer, estas líneas no pretenden ser una exaltación del determinismo ni la renuncia al factor individual, al contrario, intentar desvelar los mecanismos que operan bajo la corteza de nuestro comportamiento es solo una herramienta para vindicar esa iniciativa particular, o mejor dicho, incitar la búsqueda de una interpretación alejada de dogmas impuestos, porque volviendo a ese gato mencionado por el poeta serbio, la vida, como el arte, también debe proponerse actuar como un dique de contención contra esos poderes, y contra nuestros particulares estados de excepción morales, que nos invitan a convertirnos en piedras resignadas a que el cauce del río dibuje nuestra silueta. Y es que al igual que siempre habrá mareas y tormentas que tracen nuestra figura y nuestros suspiros, del mismo modo resulta casi imperecedero el ímpetu por buscar un camino con el que intentar sobreponerse al rugido de la corriente.

En ese sentido, los versos bellamente clarificadores de Vasko Popa, y que utilizo para introducir mi ya mencionado libro, donde se nos conmina a abrir a cualquier precio esa puerta que no lleva a ninguna parte, son una guía perfecta para ese necesario trayecto enfrentado, pese a lo utópico de la empresa, al ensordecedor ritmo procedente del viento a favor. Conceptualmente hermanados al pensamiento de Albert Camus, unos de los ejemplos más rotundos de que el vitalismo puede estar vinculado a la resignación, una contradicción que se desentraña asumiendo que ni a las guerras perdidas de antemano hay que regalarles la bandera blanca, bajo su formulación lírica se refleja la necesidad de aceptar que, ese paraíso romántico al que todo ser humano aspira, brota sobre el mismo suelo firme donde germinan todos los demás aspectos, haciendo que nuestros anhelos de terciopelo compartan, al menos en parte, las mismas raíces. Precisamente por eso, arar esa tierra significa también un ejercicio de romanticismo.

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