Narrativas en conflicto (II) · Analicemos ahora el primer punto del Plan Trump para Gaza

CARLOS LÓPEZ
Analicemos ahora el primer punto del Plan Trump para Gaza:
“Gaza será una zona desradicalizada y libre de terror que no represente una amenaza para sus vecinos”.
Como punto inicial de un documento que dice buscar la paz resulta impactantemente cínico. Desradicalizar Gaza supondría controlar por la fuerza a toda su población, o expulsarla. Debe ser una zona libre de terror(ismo)… aunque, según lo que hemos visto, durante dos años ha sufrido la violencia terrorista de un Estado. Y debe dejar de ser una amenaza para sus vecinos, que la han destruido hasta los cimientos y se han llevado por delante decenas de miles de vidas civiles… Parece que quien ha diseñado la redacción de este punto se ha inspirado en el “doublethink” orwelliano: la paz se impone por las armas, el agresor es la víctima, si no aceptas las condiciones de esta paz serás exterminado.
¿Por qué un documento que invierte de un modo tan obvio los papeles de víctima y verdugo es “saludado” con satisfacción por tantos gobiernos, incluido el nuestro? Sí, hay una razón. Las treguas salvan vidas. Esa es una razón importante. Son días, semanas, ojalá meses arrebatados a la muerte, al hambre y a la destrucción. Y no podemos olvidar que el acuerdo se impone bajo la coacción de la amenaza explícita de “desatar el infierno” sobre Gaza -aunque cueste imaginar niveles de crueldad mayores que los que ya hemos contemplado, nunca hay que menospreciar la capacidad de los seres humanos para diseñar escenarios aún más atroces.
¿Qué está pasando, entonces, con el Derecho Internacional?
La situación de Palestina es una herencia desastrosa del pasado colonial. Una anomalía cuya perpetuación en el tiempo parece incomprensible. Es un pueblo al que repetidamente se le ha negado el reconocimiento de “Estado” y que queda fuera de cualquier Estado, indefenso ante el ansia depredadora de su vecino. El estatus de Palestina es difícil de explicar, porque es imposible encajarlo en cualquier tipo de “sentido común”. Uno podría, con cierta facilidad, entender la situación del pueblo kurdo repartido entre varios Estados y sus deseos de emancipación, por ejemplo, pero Palestina es otra cosa. La única forma en que mi imaginación puede representar la situación de este pueblo es la imagen de una cabra atada a un árbol en torno a la que ronda un lobo. Lo único que protege a la cabra es un cartel que dice: “Las autoridades internacionales recomiendan encarecidamente no devorar a esta cabra,”
Al comienzo de esta última fase de lo que podríamos llamar “la cuestión palestina”, una amiga me decía “Pero no entiendo… Esa tierra no era de nadie y los británicos se la dieron a los judíos, ¿no?”
Esa idea de que la tierra no era de nadie… Hay un documento del Centro para la seguridad y asuntos exteriores de Jerusalén titulado “El estatus de Judea y Samaria (Cisjordania) y Gaza en la legislación internacional.” Es interesantísimo. No me ha dado tiempo a leerlo completo, pero el comienzo tiene pulso narrativo. En la introducción habla de cómo los judíos mantuvieron durante dos milenios su conexión con la Tierra Prometida y su ansia por volver a ella. Hay un momento especialmente brillante en que describen la situación de la tierra antes de su llegada: “Un sistema de riego y drenaje inefectivo había convertido la fértil tierra de las regiones de Sharon y Emek Efer en una zona pantanosa que era fuente de malaria. Mark Twain, en su visita a Tierra Santa, describe así el valle de Jezreel: “No había ni un solo pueblo en toda su extensión, ni en treinta millas en ambas direcciones. Hay dos o tres grupos de tiendas de beduinos, pero ninguna edificación para habitar de forma permanente. Uno puede cabalgar diez millas sin ver siquiera a diez personas”.
Utilizar una frase de Mark Twain para defender la tesis de que allí no había nadie no parece una manera muy seria de argumentar… Puede valer para construir narrativa de andar por casa, pero como fuente de Derecho no es un argumento nada sólido.
Claro, hay otros puntos de vista. En la construcción de mi propia “narrativa” en torno a Palestina tuvo una importancia decisiva el punto de vista de mi abuelo. En la Guerra de los Seis Días, yo era muy pequeño, pero tengo grabada en la memoria la imagen de Moshe Dayan en la tele en blanco y negro, una figura jovial y sonriente, con su parche en el ojo, exultante y victorioso delante de un lanzamisiles. Parecía un héroe. Pero también recuerdo a mi abuelo, moviendo la cabeza y diciendo “No van a parar. Estos lo quieren todo y no van a parar.” No entendía yo por qué no se alegraba de que hubieran ganado los buenos…
Mi abuelo era agricultor, pero de joven había emigrado “al Norte”. Había trabajado en una fundición en Chicago y se había afiliado a un sindicato anarquista. En el sindicato había hecho amigos, muchos de ellos judíos. Supongo que por eso tenía una opinión sobre el tema. Llevaría años dándole vueltas.
Algún tiempo más tarde me explicó mejor su postura: “Mira, todo este lío lo armaron los ingleses. Tenían cuentas pendientes con los judíos y querían pagarlas. Pero ¿sabes qué hicieron? Pues imagínate que yo tengo deudas con uno y que un día viene a cobrar. Pues ese día yo le digo: “Llévate esa vaca y así saldamos cuentas”. Y le señalo la vaca del vecino. Él se la lleva y me deja en paz, y mi vecino se queda sin su vaca. Pues así saldaron los ingleses sus cuentas con los judíos: les pagaron con tierras que eran de otra gente. Y ahora, a ver quién arregla esto…”
Me habló más veces sobre este asunto. Una vez, yo le dije que después de la guerra, los judíos a alguna parte tenían que ir… Y me dijo que a donde tenían que haber ido era cada uno a su casa, a su barrio, y haberles devuelto lo que era suyo, y haberles compensado, como a cualquier víctima. Y que, en cualquier caso, puestos a darles una tierra, les podían haber dado un trozo de Alemania. Pero eso no, ¿verdad? Alemania es sagrada, Europa es sagrada. Mejor mandarles lejos, donde no causaran problemas, y donde la gente no mereciera el respeto que merecían los europeos.
Más recientemente, realmente, hace muy poco, he tenido otra conversación que revela lo opaco que puede ser este asunto para mucha gente. Fue en Pamplona, un mediodía soleado de septiembre. Una amiga había empezado a hablar con dos peregrinos que se habían conocido haciendo el Camino de Santiago. Uno era australiano y otro, de Budapest. En un momento, el hombre de Budapest preguntó por qué había tantas banderas palestinas en los balcones. Mi amiga le dijo que eran una manera de expresar el apoyo al pueblo palestino y la condena al genocidio que estaba sufriendo. El húngaro dijo que no entendía por qué nos interesaba tanto esa guerra cuando teníamos otra mucho más cerca, en Ucrania. No entendía tanta bandera palestina y ninguna de Ucrania. Le explicamos que se trataba de situaciones muy distintas. En Ucrania había una guerra entre dos Estados, cada uno con sus fuerzas armadas. Que Ucrania, aunque haya sufrido una invasión de parte de su territorio, cuenta con un ejército y con miles de millones en ayuda militar internacional, mientras que Gaza no es un Estado ni tiene un ejército. Que lo que está pasando en Gaza no se puede llamar guerra. Son bombardeos sobre población civil. Y que por eso hablamos de genocidio y no de guerra. No sé si la explicación le convenció. Allí les dejamos a los dos hablando sobre el asunto.
He preguntado a gente que sabe mucho sobre Derecho Internacional por qué en documentos oficiales se habla tan a menudo de la amenaza que Palestina supone para la seguridad de Israel y nunca de la amenaza que Israel supone para la población palestina. Me dicen que sólo los Estados pueden invocar el argumento de la seguridad nacional. Para los pueblos sin Estado se reserva un discurso vagamente humanitario y, en el mejor de los casos, compasivo. La seguridad nacional no se les reconoce como un derecho. Eso no lo aclara todo, claro. En estos últimos meses, Israel ha atacado al Líbano, a Irán, a Catar… y no parece que pase nada. Sospecho que, aunque lo que queda en pie del Derecho Internacional tenga su base en la búsqueda sincera de justicia para los pueblos, la aplicación real es víctima de prácticas de doble y triple rasero…





