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Narrativas en conflicto (I)

CARLOS LÓPEZ

Hay dos puntos del denominado “Plan integral del presidente Donald J. Trump para terminar con el conflicto en Gaza” que me tienen absolutamente fascinado. Quizá el más abrumadoramente distópico sea el primero, pero voy a empezar por el décimo octavo, que ha entrado en resonancia con otras cosas que he ido oyendo en estos últimos años.

En la traducción que ofrece la Casa Blanca, dice así:

Se establecerá un proceso de diálogo interreligioso basado en los valores de tolerancia y convivencia pacífica para tratar de modificar las perspectivas y las narrativas de palestinos e israelíes al destacar los beneficios que pueden derivarse de la paz.

¿Por dónde empezamos? ¿Por el diálogo interreligioso, que parece querer presentar los acontecimientos de Gaza como un episodio más de una guerra de religiones? ¿Por la apelación a los valores de tolerancia y convivencia pacífica que parecen sugerir un escenario de fuerzas simétricas?

No. Vamos a empezar, más bien, por el asunto de las perspectivas  y de las narrativas de palestinos e israelíes, porque aunque creamos que hemos entendido algo, la Casa Blanca nos demuestra que estamos completamente equivocados. Esto no va de justicia, sino de perspectivas. No va de derechos humanos básicos, sino de narrativas.

Hay por ahí un capítulo de un programa llamado “Head to head”, de al Jazeera en inglés, en el que se invita a Dany Dayan. Estamos en 2013. El título del capítulo es “Colonos israelíes ¿Patriotas o invasores?” y el formato es una especie de debate en el que Dayan, hasta entonces presidente del Consejo de Colonos, explica su postura respecto a los asentamientos judíos en Cisjordania y responde a las cuestiones del “conductor” del programa, Mehdi Hassan, y a las de otros invitados. Son poco más de cuarenta minutos y lo he visto varias veces. Voy a hacerles un resumen aproximado del contenido.

Dayan no habla de “Cisjordania” o del West Bank, sino de Judea y Samaria. Considera que Judea y Samaria son parte de su “patria histórica” y que tiene tanto derecho a vivir en cualquier punto de esas regiones como en Tel Aviv. Que, frente a los enemigos que cuestionan la legitimidad del Estado de Israel, los asentamientos crean un cinturón de seguridad que fortalece a Israel y que, por lo tanto, la conducta de los colonos es genuinamente patriótica. Cuando se le recuerda que organismos internacionales han definido como ilegales esos asentamientos, cuestiona la legitimidad de tales organismos, incluso su derecho a opinar, y declara que Israel no va a permitir que nadie decida su futuro ni cuestione su seguridad. En cuanto a la “línea verde” y los límites territoriales de Israel definidos de forma vinculante en 1967, Dayan defiende que tales acuerdos perdieron su valor en la Guerra de los Seis Días, en la que “el mundo árabe” trató de apoderarse unilateralmente de los territorios en disputa.

Después de que éste exalte las virtudes patrióticas de los colonos y su contribución a la defensa de Israel, interviene Hannah Weisfeld. Representa a una ONG judía con sede en Londres. Le pregunta de qué manera cree que contribuye a la seguridad de Israel privar de derechos humanos a dos millones y medio de personas, y cómo responde al hecho de que el 70% de la población judía en el Reino Unido crea que la política de asentamientos pone en peligro a Israel y que el 75% crea que la solución de los dos estados es la única viable y que los asentamientos no solo constituyen un impedimento, sino que están perjudicando la reputación internacional de Israel. Por último, insiste en el perjuicio que para el propio Israel constituye albergar alrededor de sus fronteras a un pueblo sin Estado al que se le niegan derechos humanos básicos. A lo que Dayan responde que conoce y respeta las aspiraciones nacionales de los palestinos, pero que por eso mismo las teme.

Entonces, el conductor del programa cede la palabra a la doctora Gada Karmi, cuya familia fue expulsada de Palestina en 1948. Este fragmento ha circulado bastante por las redes en los últimos meses. Voy a intentar transcribir de forma literal su intervención. “Dice usted que respeta nuestras aspiraciones nacionales, ¿verdad? Pues bien, si es así, váyase usted de mi tierra. Esa sería la única muestra de respeto aceptable. Le encuentro a usted fascinante, Mr. Dayan, de verdad. No comprendo cómo puede mostrar semejante seguridad en sí mismo. Un hombre que nació en Argentina, cuya familia procede de Ucrania y que pretende convencer a gente razonable de que tiene alguna conexión con mi país… Hay otra cuestión que quiero plantearle, dado que me respeta usted tanto. Para mí y para otra mucha gente, usted y sus compañeros ocupantes no son más que simples ladrones. Viven ustedes en tierra robada, beben agua robada, comen fruta robada en granjas robadas. Convénzame a mí y a esta audiencia de que no son ustedes unos simples ladrones.” Dany le responde que la cuestión es que a lo que ella se opone en realidad no es a los asentamientos, sino a la existencia de Israel. Le dice que tiene todo el derecho a hacerlo, pero que ello prueba que hay dos movimientos que se oponen de forma radical y que el entendimiento es imposible.

Mehdi le pide que explique cuál cree él que es la solución al conflicto. La respuesta de Dayan es, más o menos, la siguiente: “Hay dos pueblos que defienden su derecho a ocupar la misma tierra y lo hacen con narrativas diferentes en las que ambos pueblos creen con sinceridad. No hay solución para eso».

Se trata, pues, según el señor Dayan, de un problema de narrativas en conflicto.

Cuando yo era estudiante, el término “narrativa” se utilizaba para definir un género literario. Las novelas, las leyendas, los cuentos eran parte esencial de ese género de ficción.  La Historia era otra cosa, una rama del conocimiento con aspiraciones científicas que buscaba, de forma aproximada, acercarse a algún tipo de comprensión “verdadera” del pasado. Claro que nos rebelábamos contra la Historia oficial, claro que sabíamos que esa versión de los hechos era una herramienta al servicio del poder, claro que éramos conscientes de que el discurso de la Historia era discutible. Y tratábamos de discutirlo, de ampliarlo, de tomar en consideración hechos y voces silenciadas… De elaborar un discurso histórico claramente diferenciado de la mera creación de mitos propagandísticos. Claro que empezábamos a leer a Foucault y ya nos habíamos dado cuenta de las luchas de poder y por el poder que se ocultan tras cada intento de crear conocimiento. La Historia, con su capacidad para legitimar el poder, es un campo de batalla especialmente fértil para estas luchas, por supuesto. Pero había algo parecido a un consenso según el cual la Historia trata sobre hechos y acciones humanas reales que pueden ser juzgadas en términos morales. La Historia no era un género literario, sino una de las ramas del conocimiento que aspiraban a algún tipo de verdad.

La sustitución de la idea de verdad histórica por un conjunto de relatos pudo parecer, en un primer momento, liberadora: abría el campo a voces y miradas antes excluidas del discurso hegemónico. Pero ese mismo movimiento tuvo un efecto perverso. Al relativizar las reglas del conocimiento, permitió legitimar versiones interesadas de los hechos y eludir cuestiones esenciales como las asimetrías de poder. Quienes controlan los resortes de la hegemonía supieron aprovechar la oportunidad: sin modificar las estructuras que los sostienen, les resulta hoy más sencillo imponer desde las instituciones dominantes relatos oficiales en los que han desaparecido nociones como responsabilidad, culpa, injusticia, desigualdad, oprimido y opresor…, y con ellas cualquier exigencia de reparación. La propia Casa Blanca ofrece un ejemplo paradigmático de este uso estratégico del lenguaje.

No todos los pueblos tienen la misma capacidad para hacerse oír. Mientras algunos pueden difundir sus versiones en altavoces con alcance global, otros apenas encuentran espacios donde su voz sea escuchada. Tras la quiebra de los grandes metarrelatos históricos, ciertos pensadores han intentado rescatar, pese a todo, la idea de una verdad posible: una que se construya en el diálogo, a través de la confrontación respetuosa entre distintas perspectivas. Pero tal aspiración exige un ámbito comunicativo genuinamente igualitario, en el que todas las partes dispongan del mismo derecho y de los mismos medios para expresarse. ¿Cómo lograrlo en un escenario mediático dominado por unos pocos actores con poder para amplificar o silenciar discursos a su conveniencia?

La sustitución de la Historia por un mosaico de relatos no ha beneficiado a quienes carecen de instrumentos para difundir el suyo. Presentar la realidad como un simple enfrentamiento de versiones implica otorgarles idéntica legitimidad moral y fingir que ocupan posiciones simétricas, cuando en realidad unas son marginadas y otras saturan el espacio público.

La búsqueda de la verdad exige un rigor intelectual del que los relatos están eximidos. Aplicado a los acontecimientos presentes, este relativismo desactiva toda exigencia moral o jurídica. Sin criterios de verdad ni principios de justicia, cualquier discurso corre el riesgo de deslizarse hacia la posverdad o la propaganda. El desprecio por los hechos convierte la política en mera gestión de percepciones, o, como advirtió Hannah Arendt, en pura técnica de dominación.

Explicar una situación de radical injusticia apelando a “narrativas en conflicto” no es neutralidad, sino manipulación: una estrategia destinada a legitimar el lenguaje del poder y a encubrir los crímenes del opresor tras el espejismo de la equidistancia.

Los hechos y las acciones humanas están ahí. Algunas de ellas son abiertamente criminales, constituyen violaciones de derechos humanos, vulneran la dignidad humana. Es necesario examinarlas desde el punto de vista de la justicia. Y para hacer justicia es necesario saber quién hizo qué cosas y exigir responsabilidades. Fijar los hechos es tarea complicada y laboriosa, pero indispensable. Lo saben muy bien quienes se plantean como objetivo prioritario eliminar al testigo y destruir las pruebas. Una vez establecidos los hechos y distribuidas las responsabilidades, quizá llegue el momento de “acercar narrativas”. En primer lugar, necesitamos justicia. Luego, si es posible, llegará la reconciliación. Por eso el plan integral del presidente Donald J Trump no va a terminar con el conflicto en Gaza. Ningún plan concebido al margen de los criterios más básicos de justicia, ningún plan que, manipulando el lenguaje desde una posición de poder, establezca una equivalencia moral entre los roles de opresor y oprimido lo hará.

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