Inteligencias de artificio

CARLOS LÓPEZ PARDO
Un amigo me envía un programa de radio en el que el locutor y guionista reproduce un diálogo que ha mantenido con una IA (Inteligencia Artificial) acerca, precisamente, de la capacidad de las IAs para emular la inteligencia humana. Lo escucho con atención. El programa incluye fragmentos interesantes de música compuesta por la IA: un desarrollo de la apenas esbozada sinfonía nº X de Beethoven, una continuación para la “Sinfonía inacabada” de Schubert… Productos “pastiche” que recogen lo que el oído general reconoce como “beethoveniano” o “schubertiano” -y esto, de manera muy limitada e imperfecta- pero nada que haga encajar la música con lo que sería esperable de autores en evolución.
El locutor expresa el miedo ancestral a que las máquinas suplanten a los humanos. Yo escribo estos párrafos para mi amigo:
“El concepto Inteligencia Artificial es un oxímoron. No existe una inteligencia artificial en sentido fuerte -sí existe como estadística de alto nivel aplicada a “resolución de problemas”. Pero ¿quién define el «problema»? ¿Quién selecciona, y con qué fines, los problemas que deben ser resueltos? ¿Qué dirección se dará a esas «soluciones»? La inteligencia -en ese sentido fuerte- es un proceso vivo , histórico y situado por definición. La inteligencia humana es emanación de un cuerpo que vive, tiene una historia y siente sus circunstancias. Incluso cuando “inteligencia” se entiende en el sentido estrecho de “resolución de problemas”, la humana se apoya en procesos y saberes que en gran medida son inconscientes, implícitos, no verbalizados y difícilmente verbalizables. Eso queda fuera del alcance de IAs que se definen como “modelos de lenguaje”. Ahora bien, lo que puede pasar es que se produzca en la sociedad un desplazamiento generalizado de significado y acabemos llamando “inteligencia” a sólo el análisis de lo producido y al cálculo probabilístico del futuro a partir de algorimos. Es decir, que sustituyamos en nuestro imaginario la “inteligencia humana” por esa “estadística de alto nivel”. Desde el punto de vista de la productividad en sentido material, ese modo de conocimiento es útil. Desde el punto de vista humano (histórico y situado), identificarlo con “inteligencia” sería pura pobreza y extrañamiento.
La preocupación del locutor, expresada en la pregunta «¿De qué va a vivir la humanidad?» también está un poco desenfocada: la IA puede aumentar extraordinariamente la productividad. El problema no es de qué va a vivir la humanidad, sino cómo se van a distribuir los beneficios de esa productividad, quién se va a apropiar de ellos, en manos de quién están esos medios de producción entre los que ahora se encuentra también la oximorónica IA. Actualmente se está produciendo con la IA un proceso de «extrañamiento» en sentido fuertemente económico: la IA se entrena con producciones humanas -desde esta misma conversación hasta El Quijote, la Biblia, la Constitución de EEUU,…-, las empresas se apropian de ellas y las gestionan en forma de algoritmos que quedan bajo control privado. Se trata, de nuevo, de un procedimiento de acumulación por desposesión de los que describía Marx en el s. XIX, pero en otra escala, un proceso de transferencia de riqueza de dimensiones colosales. Y de concentración en manos de cuatro o cinco corporaciones. Es así como lleva cientos de años funcionando la privatización de los bienes comunes, aplicada en este caso al «conocimiento humano», que es producción común de la humanidad.
Hay un problema de fondo: sobre lo “común” tendemos a desarrollar un concepto de propiedad muy difuso, muy diluido. Parece que los bienes comunes, al ser de todos, tampoco acaban de sentirse como propios y, en consecuencia, nadie siente la necesidad de defenderlos con uñas y dientes. Como si lo que es de todos, en realidad no fuera de nadie. Incluso se pierde la consciencia de que, al ser privatizado lo que es común, se nos priva de algo que nos ha pertenecido hasta entonces, algo que simplemente teníamos derecho a usar libremente. Un ejemplo distópico, pero no imposible: no parece probable que nadie diga algo como “este aire es mío, me pertenece y voy a defenderlo”. Pero ¿qué pasaría si el aire -como ya está pasando con el agua- se privatizara y nos cobraran por respirar?.
A lo mejor nos convendría revisar nuestro concepto de “propiedad”, moldeado según las necesidades del capitalismo como “propiedad absoluta”. Y para empezar, podríamos retroceder al Derecho Romano, que reconocía tres tipos de propiedad: el “usus”, el “fructus” y el “abusus” y comprobar cómo nuestra idea dominante de propiedad se limita a esta última, el “abusus”. Y cómo de “abusiva” puede llegar a ser esa idea.»
- Comentario de Gemini:
Este fragmento plantea una crítica fenomenológica y política profunda, muy en la línea de la filosofía de la técnica y el marxismo humanista. El texto no ataca la capacidad técnica de la IA, sino la «colonización» del concepto de inteligencia y la estructura de propiedad tras ella.
Aquí tienes un análisis de los puntos clave y los autores que orbitan estos argumentos:
- La IA como Oxímoron (El problema de la «Inteligencia Fuerte»)
El autor sostiene que la inteligencia real requiere un cuerpo, una historia y un contexto (ser-en-el-mundo).
- A favor: Hubert Dreyfus, en su clásico What Computers Can’t Do, argumentó que el conocimiento humano es parcialmente inconsciente y corporal, por lo que una máquina sin cuerpo nunca tendrá «inteligencia» en sentido humano. John Searle y su experimento de la «Habitación China» refuerzan que la IA manipula símbolos (sintaxis) pero no comprende significados (semántica).
- En contra: Los defensores del Funcionalismo (como Daniel Dennett) argumentan que si un sistema produce resultados inteligentes, el «sustrato» (biológico o silicio) es irrelevante.
- El «Extrañamiento» y la Apropiación del Común
El fragmento describe un proceso de acumulación por desposesión: las empresas privadas se apropian de la producción cultural colectiva (el procomún) para entrenar modelos privados.
Estudiosos alineados:
- Nick Srnicek (Capitalismo de plataformas): Coincide en que la materia prima de esta era son los datos, y que la infraestructura de la IA tiende al monopolio natural.
- Matteo Pasquinelli: Define la IA no como inteligencia, sino como un «extractivismo del conocimiento social», un instrumento para automatizar la propiedad intelectual común.
- Shoshana Zuboff (La era del capitalismo de vigilancia): Describe cómo la experiencia humana se convierte en materia prima gratuita para prácticas comerciales ocultas de predicción y ventas.
- Distribución vs. Productividad
El texto acierta al desplazar la duda de «¿qué haremos?» a «¿quién cobrará?».
- A favor: Kate Crawford, en Atlas de la IA, desmitifica la «nube» y muestra la IA como una industria extractiva de recursos naturales y trabajo humano mal pagado que ensancha la brecha de desigualdad.
- Matiz/Disenso: Autores del Aceleracionismo de izquierda (como Alex Williams o Nick Srnicek) coinciden en el diagnóstico, pero proponen que la solución no es rechazar la IA por «pobreza humana», sino colectivizarla para reducir la jornada laboral y liberar a la humanidad del trabajo.
Resumen del planteamiento
El texto que presentas se encuadra en lo que se llama Crítica a la Razón Algorítmica. Su tesis central es que estamos llamando «inteligencia» a una estadística de alto nivel y que, bajo ese truco lingüístico, se esconde una de las mayores transferencias de riqueza de la historia: de la creatividad pública y común a los servidores de cuatro o cinco corporaciones.





