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El acordeón que sobrevivió al bombardeo de Durango de 1937

IGNACIO ARTABURU

· Escritor de cuentos

Aquella mañana, el acordeón añejo de aitite Joxe despertó antes que el sol. Llevaba años respirando romerías, guardando en sus fuelles el polvo de las plazas y el eco de los pasos sobre la piedra. Desde su rincón, presentía que el aire de Durango estaba demasiado quieto, denso, como si el pueblo contuviera el aliento.

Cuando llegaron los aviones, no hubo aviso ni piedad. Las bombas italianas cayeron sobre casas, iglesias y calles llenas de vida. Murieron adultos y menos; animales que laboraban y moraban en la villa; y las casas se desplomaron, dejando sólo ruinas humeantes. Era un ataque injusto que quería silenciar el corazón del pueblo que amaba ser libre. El acordeón tembló con cada explosión, y su madera vieja crujió como si quisiera gritar. No sonó, pero resistió, apretando dentro de sí las melodías de romerías que habían acompañado a aquel alfarero y a su gente.

A continuación, entre humo y cenizas, Joxe volvió junto a su animado amigo de vida. Lo levantó con manos cansadas, como quien recoge un testigo caído en mitad de la historia. No tocó aquel día, ni quiso hacerlo alegrar plazas nunca más hasta que Durango fuera libre de aquellos que lo bombardearon. El instrumento añejo quedó cargado de memoria y dignidad, esperando.

Y así quedó la historia, un cuento que los más vivarachos de las casas saben aún hoy, contado en las cocinas con lumbre, al fuego bajo de antaño, mientras las brasas iluminaban las caras y los ojos brillaban de asombro y algunos mayores con lágrimas. Porque todavía ahora, cuando el viento sur se cuela por la cara Norte de la peña del Mugarra, hay quien jura escuchar un lamento firme, casi heroico. No es leyenda: es el acordeón de aquel aitite, sonando contra el olvido, recordando que Durango fue arrasada, pero nunca vencida. Algo así como un apagado irrintzi, pero cargado de cariño hacia su ciudadanía.

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