20N · El criminal de Franco se había marchado sin castigo, sin justicia

ALBERTO BARREÑA
Aquel 20 de noviembre de 1975, algo cambió en el aire. Con 19 años, yo era un obrero más en fundiciones Onena, y a las 07:00 am, la noticia corrió como la pólvora: el dictador había muerto. Pero no había motivo para celebrar. Se iba invicto, impune e invencible, dejando atrás un legado de opresión y miedo.
La sociedad, condicionada por él mismo, se preparaba para perpetuar su memoria. Los militantes no teníamos ilusiones; sabíamos que su partida no significaba el fin del régimen. Por la tarde, algunos tomaron vino y se dejaron llevar por la euforia, pero ¿qué había que festejar?
El criminal se había marchado sin castigo, sin justicia. El franquismo, astutamente tejido por él, se perpetuaba en la monarquía y los partidos políticos serviles. El mayor criminal de España se multiplicaba en ciudadanos acondicionados para recordarlo y venerarlo. Sabíamos que los cambios no serían para mejorar; el régimen cambiaría de forma, pero no de esencia. Así que, en Durango, la noche del 20 de noviembre no hubo demasiada euforia: sabíamos que moría una persona, pero no un régimen.





