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Muere Teresa Alonso, solicitante del hermanamiento entre Durango y Gernika

MUGA HERMANAMIENTO

Teresa Alonso falleció el martes a los 101 años. Ella era una de las integrantes de Lekukoak 1937, colectivo disuelto que solicitó un hermanamiento entre las villas bombardeadas de Durango y Gernika. Muere otra más sin ver, sin sentir la petición. En su caso, era nacida en Donostia y residente en Barcelona, y fue testigo del raid nazi e italiano que sufrió el municipio foral el 26 de abril de 1937. Su vida ha sido un guion imposible. El mes pasado murió también otra superviviente de Gernika, Begoña Seijo.

Teresa en la URSS y en Barcelona. MUGA

Refugiada junto a su familia en Bilbao, la madre le pidió a Teresa que viajara hasta Gernika para comprar carne de potro. El encargo nunca llegó a cumplirse. La furgoneta en la que viajaba se aproximaba a la villa cuando comenzaron a cruzarse con decenas de aviones. El conductor decidió detenerse en un alto. Desde allí contemplaron columnas de humo y llamas. «Vimos Gernika ardiendo», recordaría siempre en documentales como Matrioskas, las niñas de la guerra, de Helena Bengoetxea o libros como la novelada ‘La niña de Rusia’, de la bergararra Celia Santos, o el tomo ‘31 vidas antifascistas vascas’. Aquella menor acababa de sobrevivir al bombardeo perpetrado por la Legión Cóndor alemana y la Aviación Legionaria italiana. No lo sabía, pero aquel sería solo el primer capítulo de una vida marcada por no solo una guerra.

Poco después embarcó en el Habana, el buque que evacuó desde Santurtzi a miles de menores hacia el exilio. A bordo conoció a Ignacio Agirregoikoa Benito, un adolescente de Soraluze con vinculación estrecha con Eibar. Él tenía quince años; Teresa, doce. «Nos miramos atontonados», evocaba con una sonrisa que nunca desaparecía al pronunciar su nombre. Aquella historia de amor adolescente continuó en Leningrado. Soñaban con un futuro juntos mientras crecían lejos de casa. Ignacio ingresó en la aviación soviética y ella esperaba el día en que pudieran reencontrarse. Nunca ocurrió.

Mientras Teresa seguía buscándolo, Hitler condenó Leningrado al hambre. La ciudad –hoy San Petersburgo- quedó cercada durante meses. No había agua, ni electricidad, ni calefacción. El termómetro descendía hasta los cuarenta grados bajo cero. Ella llegó a pesar únicamente 37 kilos. Para seguir respirando mezcló serrín con harina, cocinó sopa con suelas de zapato y relató también que, en la desesperación absoluta del asedio, llegó incluso a probar carne humana. No se limitó a intentar sobrevivir.

Cuando sonaban las alarmas y la población corría hacia los refugios, Teresa salía con cubos de arena y guantes para apagar las bombas incendiarias antes de que prendieran los edificios. Durante uno de aquellos ataques un obús nazi la lanzó violentamente contra una pared. La explosión le destrozó la espalda para el resto de su vida y le fracturó una mano.

Después llegaron Georgia y la ucraniana Kiev. También el miedo constante. Sufrió dos intentos de violación y encontró refugio gracias a una familia armenia de zapateros que la acogió cuando apenas le quedaban fuerzas para mantenerse en pie. Sin embargo, el golpe más duro todavía estaba por llegar.

De regreso a Moscú, un teniente coronel soviético acabó confesándole que Ignacio había muerto el 9 de marzo de 1944. El joven aviador había sido derribado durante una misión contra el ejército nazi y, según la versión oficial, prefirió quitarse la vida antes que ser capturado. Teresa se derrumbó. «Yo no quería vivir. Me tuvieron un mes con una camisa de fuerza», recordaba décadas después. Aquel fue el único momento en el que dejó de luchar.

Superó también la enfermedad mental, se casó con aquel militar soviético y tuvo una hija. Años después decidió regresar a Euskadi pensando que al fin encontraría un lugar donde descansar. No fue así.

Volvió a Donostia veinte años después de despedirse de su madre creyendo que solo serían unos meses de separación. Pero la realidad era otra. Sus propios padres le pidieron que volviera a marcharse porque no podían hacerse cargo de ella ni de su hija. Con el corazón roto puso rumbo a Barcelona.

Allí volvió a empezar desde cero. Dormía bajo la escalera de un edificio prácticamente en ruinas mientras su hija pasaba las noches en casas de amigas. La policía vigilaba sus pasos por haber regresado de la Unión Soviética y algunos compañeros de trabajo la denunciaban por sus ideas. Ni siquiera aquello consiguió quebrarla.

Trabajando en el Hotel Arycasa conoció a Camilo José Cela. El escritor se interesó por su situación y logró que le asignaran un puesto mejor. Sin embargo, las secuelas del obús que había recibido en Leningrado le impedían desarrollar aquel trabajo y decidió volver a comenzar. Le oyeron hablar en ruso y la despidieron. Encontró empleo de forma paradójica en Pepsi-Cola y reconstruyó, una vez más, una vida que parecía destinada a levantarse siempre desde las ruinas. Nunca dejó de recordar a Ignacio.

Durante años luchó para que la calle dedicada al aviador vasco en la localidad estonia de Mustvee llevara correctamente su nombre, Ignacio Agirregoikoa, y no una versión errónea. También reclamó un reconocimiento para los aviadores republicanos y los niños de la guerra vinculados a Eibar. El pasado nunca dejó de acompañarla. Pero tampoco dejó que la venciera.

Hasta los 98 años siguió acudiendo cada día a nadar a la piscina. Y trataba de estar presente en todos los actos memorialistas a los qu e podía, como integrante de la Associació Catalana de Persones Ex-preses Polítiques del Franquisme (ACPEPF). Quienes la conocieron –caso de su compañera de colectivo Rosa Viñolas, quien siempre estuvo a su lado como apoyo- destacaban precisamente eso: la energía inagotable de una mujer que parecía desafiar al tiempo con la misma determinación con la que había sobrevivido a las bombas, al hambre, al exilio y a la pérdida.

Con la muerte de Teresa Alonso –a quien condecoró por su valor antinazi en Leningrado el presidente ruso Vladimir Putin- desaparece una más de las últimas testigos directas del bombardeo de Gernika y una mujer cuya biografía resume como pocas la violencia y las heridas del siglo XX. Ella formaba parte también del colectivo Lekukoak 1937 que luchaba por lograr un hermanamiento entre las villas bombardeadas de Durango y Gernika.

Sobrevivió a casi todo lo que un ser humano puede, de forma imposible, soportar. Y, pese a todo, nunca dejó de avanzar, como en la piscina.

 

 

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