La abadiñarra Virginia Carracedo nació el día del Golpe de Estado del 18 de julio de 1936
IBAN GORRITI
MUGA HISTORIA
· La de Traña-Matiena celebró ayer sus 90 años en familia
Virginia Carracedo Prieto nació el 18 de julio de 1936, el mismo día en que parte del Ejército español se sublevó contra la Segunda República, un Gobierno legítimo elegido en las urnas. Aquella sublevación militar derivó en guerra, la siguiente victoria del bando franquista y casi cuatro décadas de dictadura, un periodo que marcó profundamente la historia de Euskal Herria y del Estado: el deterioro del progreso.

Virginia Carracedo en la actualidad y de joven. ARCHIVO FAMILIAR
Mientras comenzaba una de las etapas más oscuras del siglo XX, en Castrocontrigo, municipio con partido judicial en La Bañeza de menos de mil habitantes en la actualidad, la familia Carracedo recibía la única noticia feliz de aquella jornada: el nacimiento de Virginia. «También suelo decir, de broma, que nací el día de la paga extra que antes era el 18 julio», aporta a MUGA regalando una sonrisa.
Ayer sábado cumplió 90 años. Ella, junto a su familia, ha celebrado el aniversario con una comida en un restaurante de Durango. Nueve décadas después, la fecha continúa siendo inseparable de su biografía. Ella misma lo resume con una frase que ha repetido durante toda su vida y que sigue pronunciando hoy con la misma convicción: «Nací con una guerra y estoy convencida de que moriré con otra».
PADRE REPUBLICANO
Virginia llegó al mundo apenas unos minutos antes de la medianoche. Era la mayor de siete hermanos, hija de Emilia Prieto y Marcos Carracedo. Su padre, albañil de profesión, combatió en el ejército de la República. Regresó del frente con un antebrazo atravesado por una bala y una pierna destrozada por otro disparo. Aquel miliciano antifascista nunca –como muchos otros- quiso hablar de la guerra a sus vástagos.
Sin embargo, Virginia conserva un recuerdo imborrable de aquellas heridas. Tenía apenas tres años cuando su madre la llevó a visitarle al hospital, una vez finalizada la contienda. «Recuerdo perfectamente que entré en su habitación y, al verle todo vendado y con escayolas, me asusté. Mi madre me dijo: ‘Ven con papá’, pero yo no quería y me retiraba. Cogí confianza y fui, le besé y no dejaba de tocarle las escayolas y los vendajes. Luego me iba con las enfermeras, que me daban caramelos».
La guerra terminó, pero el miedo continuó. En aquellos días, su familia salvó la vida de al menos una persona. «Los franquistas vinieron un día a por el sobrino del cura, que vivía pegado a nosotros, y escondimos al joven en el desván. Iban dispuestos a fusilarle. Es que, aunque la guerra había acabado, ellos seguían fusilando. Recuerdos nombres y apellidos que prefiero no nombrar. Solíamos ir a la plaza a comentarlo. ¡Era muy fuerte! ¡Cuánto llorábamos cuando venían con sus camiones con el brazo en alto porque sabíamos que iba a haber muerte! ¡Qué miedo pasábamos!», detalla afligida y rememora que los franquistas solían acampar y en el fuego cocinaban «los gatos que nos quitaban en el pueblo. Por cierto, no con ellos, ni lo quisiera, pero yo también he probado la carne de gato y es más parecida en sabor a la de la liebre que a la del conejo».
«¡QUÉ MIEDO PASÁBAMOS»
También permanecen grabadas en su memoria las imágenes de los camiones entrando en el pueblo. «¡Cuánto llorábamos cuando venían con el brazo en alto porque sabíamos que iba a haber muerte! ¡Qué miedo pasábamos!», enfatiza esta simpática mujer.
Aunque apenas era un bebé cuando comenzó la guerra, la contienda y la dura posguerra marcaron su forma de entender la vida. Así lo explica su hija, Idoia. «A mi madre sí le afectó la guerra y posguerra. Es una mujer muy generosa, sin embargo, siempre ha tenido la mentalidad de ahorrar, de no tirar comida. Siempre ha sido para los demás, muy entregada. Y de tener un colchón de dinero siempre, por si acaso…».
La escasez, el racionamiento y la incertidumbre dejaron una huella que acompañó a toda una generación. En el caso de Virginia, esa experiencia se tradujo en una forma de vivir basada en el ahorro, en aprovechar hasta el último trozo de comida y en pensar siempre en los demás antes que en ella misma. Con 17 años dejó León atrás y se trasladó a Eibar, donde trabajó en Hijos de Valenciaga S.A. Allí conoció a Feliciano Ayllón, cántabro natural de Cabárceno, con quien contrajo matrimonio en 1958. Años después ambos se establecieron en Traña-Matiena, en Abadiño, donde Virginia ha desarrollado buena parte de su vida.
La coincidencia entre su cumpleaños y el 90º aniversario del golpe de Estado vuelve a situar el foco sobre la memoria democrática. Para Idoia resulta difícil entender que, nueve décadas después, haya quien relativice lo que supusieron la guerra y la dictadura. «Mi madre no comprende, como el resto de la sociedad, que haya jóvenes que digan que con Franco se vivía mejor».
LA PAZ Y LA DEMOCRACIA NUNCA PUEDEN DARSE POR GARANTIZADAS
Virginia lleva escrito el día 18 de julio en su propia vida desde el día en que lloró por primera vez en el parto. De hecho, será una de las pocas personas que a día de hoy son nacidas en aquella terrorífica fecha impulsada por una coalición de militares, políticos conservadores, monárquicos y miembros de la extrema derecha que se levantaron contra el Gobierno constitucional legítimo de la Segunda República con generales como el cubano Mola, Franco, Sanjurjo y Queipo de Llano al frente. El padre de aquella bebé regresó herido del frente, creció entre el miedo y los silencios impuestos por la dictadura y aprendió, como tantos hombres y mujeres de su generación, que la paz y la democracia nunca pueden darse por garantizadas.
Noventa años después de aquella sublevación militar contra aquel Gobierno elegido en las urnas, Virginia mantiene intacto el mismo deseo que ha expresado durante toda su vida: «A los jóvenes diría que se lleven lo mejor posible. Que no haya más guerras. Que lo que vivimos nosotros no se repita, que la guerra es lo último de lo último. Por favor, haya paz».





