CUENTO BREVE · ‘Aquel paraguas rojo de la inundaciones de Amorebieta’, por Ignacio Artaburu

IGNACIO ARTABURU
MUGA CUENTOS
En un portal de la calle San Miguel, en pleno centro de Amorebieta, vivía un paraguas rojo. Colgaba tranquilo de su perchero hasta que llegó el verano de 1983, cuando la lluvia dejó de ser lluvia y el pueblo empezó a llenarse de agua.

Imagen: Idoia Alakao-
Aquel agosto, el Ibaizabal se desbordó y las calles perdieron su forma. Desde su tela roja, el paraguas vio cómo se anegaban la pastelería Brasil, Muebles Berrojalbiz, la sastrería Fernández y Tejidos y Confecciones Sema. El agua entraba sin pedir permiso, mezclando barro con harina, madera y telas, mientras el pueblo contenía la respiración.
El paraguas acompañó a su dueña durante horas interminables. Así escuchó historias que no olvidaría jamás. Una de ellas era la de Maribel, una mujer que hablaba con voz serena, como si aún tuviera doce años. “Yo recuerdo que alojábamos en los portales a los viajeros, la mayoría franceses, que quedaron parados en la carretera. Familias que iban o volvían de vacaciones; era verano. Les dábamos mantas, almohadas y comida. Yo tenía 12 años y vivía en Particular de San Pedro, frente a Valet”.
El paraguas rojo fue testigo de esa solidaridad improvisada: portales convertidos en refugios, desconocidos compartiendo pan y mantas, niños observando cómo el pueblo se cuidaba a sí mismo en medio del desastre. El agua se llevó muchas cosas, pero no pudo llevarse aquello.
Cuando las aguas bajaron, quedaron cicatrices visibles y otras más profundas. Con los años, llegaron obras que enseñaron al río a respetar su cauce, y Amorebieta dejó de vivir pendiente del cielo.
Hoy, el paraguas rojo sigue colgado, algo torcido y descolorido. A veces se abre cuando llueve fuerte y mira al Ibaizabal pasar tranquilo. Recuerda 1983 y sabe que el futuro es incierto, pero también que, cuando el agua amenaza, este pueblo siempre encuentra refugio en sus propios portales.





