FOTOS DEL AYER · Juan ‘El Periodista’, el inolvidable vendedor de diarios de Komentukalea
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· Se cumplen 15 años del fallecimiento de este entrañable personaje de corazón durangués
Una de las estampas más entrañables de Durango en las décadas de los 70, 80 y 90 fue la de Juan ‘El Periodista’. Ese sobrenombre no se lo pusieron porque ejerciera como profesional de los medios de comunicación, ni tampoco porque cursara la carrera universitaria. De hecho, en una época en la que estudiar era un privilegio, Juan nunca tuvo la oportunidad de ir a la escuela a pesar de que quienes le conocieron destacan de él que era una persona muy lista, de memoria infinita y con una capacidad excepcional para hacer cuentas de cabeza. Nacido en 1919 en Salvaleón, pequeña localidad de Badajoz, su nombre completo era Juan Díaz Meléndez, aunque en Durango muchas personas le conocían como Juan ‘El Periodista’ porque se dedicaba a vender prensa. Y lo hacía en la vía pública, concretamente en Komentukkalea, en el cruce con Antso Estegiz y Zeharkalea. Desde las 4 de la madrugada hasta las 2 del mediodía, ahí permanecía con su carro y unos plásticos para protegerse de las inclemencias meteorológicas. Todos los días del año excepto los tres en los que no se imprimían periódicos: Navidad, Año Nuevo y Sábado Santo.

FOTOS: ARCHIVO FAMILIAR
Y eso que Juan sufría una extraña enfermedad visual hereditaria. Veía, aunque con muchas dificultades, lo que tenía de frente y a cierta distancia, pero no lo que tenía a los lados. Dicho de otra forma, sus pequeños ojos funcionaban como si mirasen a través de un tubo. Para cobrar y dar los cambios, conocía las monedas por el tacto. Es más, Juan nunca pudo leer un periódico pese a estar a todas horas rodeado de ellos. Por eso, él siempre estaba escuchando la radio.
TAMBIÉN LECHERO Y HORTELANO
Los problemas de visión no le impidieron ganarse la vida desde niño, pero no siempre se dedicó a la venta de prensa. Empezó como lechero y después trabajó en el campo como hortelano, sirviendo para diferentes terratenientes. Quien haya leído la obra de Miguel Delibes ‘Los Santos Inocentes’ o haya visto la película de Mario Camus basada en la novela homónima, se puede hacer a la idea de cómo fue su dura vida antes de emigrar a Euskadi. Junto a su mujer Amalia y sus cuatro hijos (Expedo, Amalia, Paco y Quini, en orden de mayor a menor edad), llegó a Durango a comienzos de los 70 en busca de una vida mejor. Era la segunda vez que lo hacía, pues años antes ya había acudido para trabajar en la obra, pero la ya citada falta de vista no se lo permitió y se tuvo que volver a Extremadura.

Pese a no haber nacido en la villa, Juan se sentía durangués por el buen trato que siempre recibió por parte de sus vecinos. Tenía una clientela fiel y, en una época en la que aún no existía internet, vendía muchos periódicos. Incluso había personas que acudían desde la otra punta del municipio a comprárselo a él. Nunca tuvo ningún problema con nadie. En una ocasión se dejó olvidada la chaqueta, con la recaudación del día en el bolsillo, y nadie se la hurtó. Es una de las numerosas anécdotas que vivió en esa esquina, lugar en el que se cruzaban quienes madrugaban para ir a trabajar y quienes se retiraban a casa tras una juerga. «Fue su época más feliz», reconoce a MUGA su hija Amalia, que se muestra «muy agradecida por todo el cariño que recibió mi padre».

MERECIDO TRIBUTO DE LA ASOCIACIÓN DE EDITORES
A finales de los 90, Juan se jubiló y la Asociación Provincial de Vizcaya de Editores y Distribuidores le tributó un homenaje en Bilbao. El reconocimiento tuvo lugar en una comida de vendedores de prensa llevada a cabo en un conocido hotel de la capital de Bizkaia. De vida austera y mentalidad humilde, fue una de las pocas veces que Juan pisó un hotel. A pesar del frío, la lluvia y el calor que soportó bajo esos plásticos, Díaz Meléndez fue tan feliz en Komentukalea que su pensamiento nunca se marchó de allí. Muestra de ello es que, en sus últimos momentos de vida -a principios del presente mes de noviembre se han cumplido 15 años de su fallecimiento-, su cuerpo estaba en el hospital de Santa Marina, sí, pero su mente seguía en esa esquina, rodeada de periódicos y de clientes a los que no paró de mencionar ni siquiera en esas horas finales.






